La locura de Jesús

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En el texto del evangelio de hoy (Mc 3,20-35), queridos hermanos y hermanas, Marcos nos cuenta la oposición que Jesús encuentra ante los jefes de los judíos, que lo califican de endemoniado, pero también de otra oposición, ciertamente mas dolorosa para Jesús, la de sus parientes, los suyos, los cercanos, que vienen para llevárselo pues afirman, “está fuera de sus cabales”. Consideran a Jesús como un loco…, quien ha perdido la razón.

Me llama mucho la atención esta “locura de Jesus”, porque, en verdad, lo que Jesus nos propone será siempre considerado locura. Seguir a Cristo hoy es de locos, la vida que él nos propone es una bendita locura. Porque ¿qué es la locura?, dicen los diccionarios, es aquello que no encaja bien en nuestros enunciados sobre lo que es “normal” en la vida. Indica la transgresión de un cierto orden moral, cultural, social o simbólico. Por supuesto, hay muchas situaciones en que la locura es algo dañino para la integridad y dignidad de las personas, por lo que necesita de una cura parcial o radical. Sin lugar a duda, pero hablar de la “locura de Jesús” no va en este sentido psicopatológico, sino más bien, en la locura de quien “transgrede” nuestro supuesto “orden”. Una “locura” que, en verdad, deberíamos asumir “conscientemente”. Retomando el evangelio, yo entreveo tres formas de locura: la “locura” de quienes están poseídos y necesitan ser liberados (en los versículos anteriores Jesus había expulsado un demonio), la “locura” de aquellos que, asumiéndose normales y custodios del orden, condenan como locura (o satánico) el poder de Dios que libera, y la “locura” de Jesús que cumple con la voluntad del Padre encarnando la santidad de Dios en medio de todos aquello que viven lejos de Dios. La pregunta que deberíamos hacernos es, pues, no si estamos “locos,” sino de qué locura formamos parte: la de Satán, la del orden establecido, o la de Dios. ¿Cuál es la locura que padeces? Ciertamente no será la de un poseído, pero quizá pudiera ser aquella de mantener este orden donde prima lo individualista, lo material, la polarización y condenación del otro, donde prima la violencia; la locura de mantener esto que, a la vista de todos, nos está destruyendo como individuos, como pueblo, como nación. O más bien, y ese es mi grande deseo, ojalá que “tu locura”, sea la de aceptar vivir la de Jesús, aquella de cumplir solo la voluntad del Padre, aún si tienes que ir contracorriente, aún si tienes que ser considerado “endemoniado”, aún si rompes los patrones establecidos.

Porque, ¿cuál es la “locura” que escandalizaba a los parientes de Jesús? ¿O la “posesión” de Jesús como endemoniado, según los fariseos? ¿Los rumores sobre sus curaciones y exorcismos? ¿Su anuncio de la llegada del Reino y el llamado a la conversión? ¿Su lucha diaria por hacer el bien, por mostrar misericordia al pecador, por amar a quien lo necesitara? ¿Su cercanía y atención al desvalido, al pobre? ¿Sus discusiones con escribas y fariseos? ¿Su supuesta autoridad al perdonar los pecados? ¿Su reinterpretación del propósito de la ley y el sábado? ¿El hecho de que lo seguían multitudes y esto podía ser mal interpretado en una convulsionada Palestina bajo ocupación romana? Sea lo que sea, para sus parientes, más allá de comprender la profundidad de la misión de Jesús, para ellos lo importante era recuperar lo que debería ser normal en uno de su familia. La forma en que Jesús cumplía la voluntad del Padre era, en cierta forma, una “locura” para ellos.

Queridos hermanos, vivir el evangelio hoy, implica ciertamente asumir esta “locura”, aún si implica rechazo. Para el Señor así fue. Hasta de los suyos. Realiza el bien y se le malinterpreta, se le acusa de tener dentro a Belcebú, de no estar bien. El discípulo no es más que el maestro, y debe estar preparado para los ataques del maligno, sabiendo, que, el maligno no escatimará en ponerle toda clase de obstáculos, incluso, confundiendo y aliándose con la mentira; para el maligno todo está permitido para sembrar odio, división, desconfianza…, todo lo contrario, a los frutos del espíritu que en Jesús se cumplen y el discípulo también debe dar: comprensión, paz, bondad….

El texto de hoy concluye con una redefinición de la familia, puesto que eran “sus parientes” quienes lo buscaban. Es de llamar la atención que, el evangelista Marcos, no oculta este evento “un poco escandaloso” ante la comunidad de creyentes. Ciertamente lo que busca resaltar es la enseñanza que Jesus quiere dar a la comunidad ante este hecho. Jesús aprovecha el aviso de la presencia de su familia para anunciar una nueva “locura,” una nueva forma de ser familia. Ya no se trata de lazos de sangre o historia en común (lo normal), sino de lo que Dios nos llama a ser (que tal vez no parezca “normal”), ya no solo discípulos, simpatizantes, sino hijos, hermanos, madre. “Todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (v. 35), dice Jesús. ¿Implica esto que las relaciones familiares quedan abolidas? No, para nada, sino que son superadas por la nueva realidad a la que Dios nos llama: una comunidad de iguales surgida de la locura de una nueva transgresión, la transgresión de Dios que sana, dignifica y humaniza. En Dios y en el cumplimiento de su voluntad, que no es otra que el amor, el formar una familia, el que todos somos iguales, la locura de la fraternidad, la locura de ser familia de Dios.

Hermano, hermana, Jesús te llama a asumir “su locura”, a transgredir el orden que nos lleva a la división, a un reino dividido, donde condenamos, insultamos, violentamos al otro. Donde consideramos a unos malos y a otros “los nuestros”; la locura de la voluntad de Dios, como nos pide Conforti, es hacer del mundo una familia. Si es por esta “locura” que los tuyos vendrán por ti y llevarte, no te preocupes, estas viviendo la locura de Jesus, aquella que nos dice: “vayan por todo el mundo” y construyan fraternidad, construyan el Reino de Dios, reino de solidaridad, de justicia, de paz, donde no existan fronteas, ni razas, donde solo existan hijos de Dios. ¡Bendita locura la de Dios! ¿Y la nuestra, cuál es?

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