¿Me podría explicar D. Sacerdote qué es tener una conducta “normal”?

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¿Me podría explicar D. Sacerdote qué es tener una conducta “normal”?

En esta entrada se relata una anécdota sucedida esta semana con un sacerdote al haberse propiciado la ocasión de hacerle una corrección fraterna por haber hecho uso del concepto de la «normalidad» en una homilía para referirse a la conducta de los hombres. Se pone como modelo de referencia a Cristo que por ser Dios y Hombre verdadero es el indefinible por excelencia. Esta reflexión creo que puede ayudar a que podamos evitar en lo posible el uso ambiguo e impreciso de este término para referirnos a las personas, ya que en verdad cada uno somos completamente singulares.

Esta semana la Iglesia tomaba como primera lectura un pasaje de la primera Carta a Timoteo (3,1-13) en la que san Pablo comienza a definir como debían de ser las personas que tenían aspiración a ser obispos y diáconos. La lectura está adornada con multitud de adjetivos calificativos que en aquellos tiempos y también ahora con algunas variantes  orientan como deben ser los ideales de conducta para estas personas. Podríamos decir que todos los adjetivos de esta perícopa nos dan una idea básica sobre la conducta ejemplar que debían tener estos aspirantes.

La homilía fue más corta que otros días y en general todo lo que predicó este sacerdote me pareció hasta cierto punto bueno e interesante, aunque hubo un detalle que me resultó verdaderamente chocante. Después de hacernos una exhortación que en cierta medida podemos entender que tenía intención de servir de guía y corrección para los fieles que escuchaban su predicación, se sirvió de esta lectura para que nosotros nos esforzásemos también en ser como ellos, es decir, según el criterio de este sacerdote teniendo una “conducta normal”. 

Cuando terminó la misa me dirigí a la sacristía acordándome que hace menos de una semana tuve la ocasión de darle las gracias por otra homilía que me sirvió de ayuda, y esperando que en esta ocasión no le fuese a sentar mal lo que le iba a decir. Cuando me vio se dirigió a mí, nos dimos la mano y le dije que si me podía explicar mejor que era para él tener una “conducta normal”. Antes de que me pudiese decir nada, le pregunté que si Cristo que es nuestro modelo por excelencia para imitar fue en este caso una persona “normal”. Él me dijo que si, aunque yo esto lo puse en duda ya que Cristo tuvo una conducta tan indefinible pues por poner solamente dos ejemplos podemos decir que entre los suyos fue tratado como un loco (Mc 3,21) e incluso fue comparado por los judíos con Satanás cuando le acusaban que echaba demonios por el arte de Bellzebú (Mt. 12,23-24).

Después de poder apreciar su intención por querer zanjar rápidamente este diálogo con independencia de haberle dicho que podíamos postponer esta conversación para un momento más oportuno, le sugerí que podía haber usado mejor otro término. El término que le propuse para otra posible ocasión en vez de “conducta normal” podría haber sido más bien “conducta adecuada”.

Este comentario hizo que mostrase un arrebato de mal genio, pues estando acostumbrado a corregir desde los púlpitos creo que sus últimas palabras resultan ser bastante impropias para un sacerdote cuando me dijo “¿Y quién eres tú para decirme a mí que es lo que debo de decir…?”. Ante esta reacción que tuvo le dije que no era necesario que se enfadase. Él me dijo que se había enfadado porque en verdad no le fui a pedir una explicación, sino que lo que traté de hacer yo es decirle lo que debía de haber dicho él. Dejando esta conversación de un lado se marchó hacia el despacho parroquial para desvestirse, y estando de espaldas a mi pasé a su lado y me despedí dándole las gracias.

Aquí termina la conversación mantenida con este sacerdote a raíz de la primera lectura. Cuando tuve la ocasión de contar estos hechos a unos familiares, uno de ellos vino a decirme con palabras más transparentes las mismas palabras de este sacerdote cuando me dijo “¿Y quién eres tú para decirme a mí que es lo que debo de decir…?” Yo le dije a este familiar mío que no soy nadie para corregir a otra persona, aunque el mandamiento evangélico de Jesús (Mt. 18,15-20) obliga al cristiano a hacerlo por caridad al hermano que yerra y que de no erradicar el error como podría suceder en este caso particular, el mal tendría un viento a favor para propagarse con mayor facilidad. Somos muchos fieles los que podemos vernos acomplejados por los conocimientos que en este caso puede tener un sacerdote, sin embargo, la mayoría de las correcciones fraternales que estamos llamados hacer nos guía la razón y el sentido común.

Reitero que el término “adecuado” además de adaptarse muy bien al contexto de esta lectura cuando se van enumerando los adjetivos que definen el ideal conductual de estos aspirantes resulta ser a su vez mucho más objetivo. La imprecisión y la ambigüedad del concepto “normal” ciertamente no hace honor a la verdad, pues cuando este término se usa para tratar de definir la conducta de las personas, el resultado que podemos esperar en la mente de otras personas es el error y la confusión. No podemos esperar que esto sea de otra manera, puesto que el concepto de “normalidad” es algo subjetivo porque desde la perspectiva de cada cual se mira la realidad dependiendo de factores clave como vienen a ser las multifacéticas circunstancias históricas, sociales, culturales, costumbres, valores, ideales, creencias, educación, experiencias personales, etc., que a todas las personas nos hacen singulares. Esto nos hace comprender que la normalidad es un concepto tan amplio para cada persona que se hace difícil comprender la precisión de esta etiqueta social.

El equilibrio o desequilibrio, la normalidad o anormalidad y todos estos términos disparatados propios del «cuerdismo» han conseguido disolver la identidad del cristiano en la liquidez de este mundo. Qué lejos queda para el cristiano moderno aquella expresión de san Pablo que muchos no entienden o quieren reinterpretar su sentido para justificar su tibieza y mediocridad: «porque si estamos locos, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros» (2 Co. 5,13). Esta viene a ser para nosotros la indefinición que nos hace semejantes a Cristo, pues ni locos ni cuerdos, a secas: “somos” porque en lo más íntimo de nuestro corazón anhelamos ser como el «Yo Soy», pues en verdad no nos sirve de nada el juicio que tengan sobre nosotros los hombres de este mundo ya que «el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie» (1 Co 2,15). Y por esta indefinición que se sale de las categorías que reducen al hombre a una expresión determinada podemos decir también que «nosotros tenemos la mente de Cristo». (1 Co. 2,16).   

He aquí otro de los grandes males de la Iglesia Católica, el mal extendido de haber acuñado a un Cristo a la medida de la mentalidad del hombre, un Cristo “normalizado”; un Cristo convencional; un Cristo mediocre. Esta nueva idea de Dios ya no puede ser comprendida como un Ser único y trascendente, sino como otro tipo más del montón. Jesús, el «Yo Soy», el indefinible por excelencia reducido a una expresión en la que muchos ahora creen que le pueden entender mejor. Si hay algo que deberíamos de saber todos sobre nuestro Dios, es que sigue siendo único que tiene un Corazón Sagrado ardiente de amor, y esta referencia singular nos debería de servir para romper cualquier molde que pueda hacernos caer en la tentación de llegar a ser otros cristianos más del montón.

Otro tema a parte que podría hacer extender mucho más esta reflexión que acabamos de hacer con respecto a la homilía de este sacerdote viene a ser la acogida que representa esta “normalización” para los fieles. Para muchos fieles que ponen su corazón en este tipo de predicaciones es como escuchar música celestial para sus oídos, ya que con mayor o menor consciencia saben que esto les supone vivir un cristianismo menos comprometido, con unos ideales semejantes a aquellos estudiantes que a pesar de saber que se arriesgan a suspender una asignatura o un curso entero se conforman con sacar en sus exámenes un simple aprobado.

  

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