José Luis Trejo, neurocientífico: «No hay ningún antidepresivo que tenga más efecto que el ejercicio físico para la depresión y ansiedad»

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José Luis Trejo, neurocientífico: «No hay ningún antidepresivo que tenga más efecto que el ejercicio físico para la depresión y ansiedad»

En el artículo que podemos leer en este enlace, el neurocientífico José Luis Trejo describe una serie de argumentos con una base sólidamente científica que demuestran los beneficios que aporta el deporte para poder amortiguar los efectos indeseables de la depresión y la ansiedad.

Como ya hemos tratado en este Blog en otra ocasión sobre el tema de la ansiedad, en esta entrada vamos a tratar de centrarnos en algunos aspectos que gracias a mi experiencia creo que pueden servir en esta ocasión para enriquecer desde una perspectiva espiritual la manera más adecuada que nos puede ayudar en primer lugar a sostenernos en la depresión e incluso más adelante a poder superar este estado transitorio de nuestra alma suplicando en primer lugar a Dios la paciencia y la confianza que necesitamos poner siempre en Él. Cuando me refiero a la depresión de esta manera, es porque si nos lo proponemos podemos salir de este estado, y decir además que por los criterios que vamos a exponer a continuación nos pueden ayudar a comprender que ésta resulte ser una verdadera enfermedad, tal como nos lo quiere hacer entender la propia ciencia.

Tal como afirma este neurocientífico, el ejercicio regular es altamente beneficioso, no solamente por los argumentos técnicos que aporta, sino porque ante un estado depresivo el ejercicio es esencial para romper nuestra voluntad endeble. En este punto es preciso que podamos añadir que, en los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, él nos llega a indicar que nuestros estados de desolación no solamente pueden provenir del mal espíritu, sino que podemos entrar también en este estado por nuestra negligencia, tibieza y pereza.

La persona depresiva, por lo general apenas tiene estímulos que la motiven a mover su mente, así como el resto de su cuerpo. Por esta razón tiende a la inactividad o una actitud pasiva. Han sido muchos santos a lo largo de los siglos los que nos han llegado a advertir sobre el mal de las almas ociosas. Si el ocio es verdaderamente pernicioso para el alma es porque hace incrementar el número y la intensidad de los pensamientos malvados o logismoi que fueron sistematizados por Evagrio Póntico en el S.IV (lujuria, gula, avaricia, tristeza, ira, acedia, vanagloria y orgullo). Estos pensamientos malvados fueron reformulados por el Papa Gregorio Magno en los siete pecados capitales, tal como los conocemos hasta este momento. Por esta razón se hace tan necesario cuando estamos viviendo en este pozo oscuro hacernos violencia a nosotros mismos, para que poco a poco podamos recuperarnos, aunque los cristianos reconocemos que nuestra fuerza siempre será ineficaz si no contamos con la gracia santificante que Dios nos da cuando nos encontramos en amistad con Él.

Siempre que he tenido la ocasión de dar algún consuelo a cualquier persona que se encuentra en este estado transitorio del alma, le he podido comentar que cuando perdemos toda motivación, se hace muy necesario volver a aprender de nuevo como un niño poder valorar las pequeñas detalles de la vida, para dar gracias por todo lo que en esos momentos ya no sabemos apreciar. A través de esta reapreciación de los detalles más insignificantes de nuestra vida, debemos de elevar nuestro corazón a Dios para poder vivir cada vez más agradecidos por los dones y bendiciones que recibimos de Él, incluso en medio de nuestras pruebas más difíciles.

Son muchas más cosas las que podríamos aportar para poder superar la depresión desde la dimensión espiritual, como, por ejemplo, la urgente necesidad de aprender a priorizar las verdaderas necesidades que requerimos en estos momentos delicados de nuestra vida. Saber priorizar nuestras necesidades nos ayuda entre otras muchas más razones importantes a poder relativizar nuestros sufrimientos. Cuando tomamos conciencia de que a nuestro alrededor hay muchas personas que también sufren mucho más que nosotros y finalmente podemos llegar a valorar que éstas lo sobrellevan mejor, no solamente podemos experimentar interiormente paz, esperanza o un gran consuelo, sino que nos damos cuenta de que el mal que llegamos a sentir no es real o tiene una alta componente subjetiva.

Quizá como broche final debo de expresar la importancia de tener que romper con nuestro egoísmo y del mal que nos provoca éste cuando ponemos nuestra atención en nosotros mismos y por esta razón nos estamos auto contemplando o escuchándonos en bucle, es decir, rumiando siempre nuestros propios males. Ante esto deberíamos de esforzarnos también para volver a tener actitud de escucha, no solamente hacia aquellas personas que en su caso necesitan un posible desahogo, sino también de una forma más adecuada para nuestro propio corazón, pues si Dios nos lleva a este desierto, es porque sabe que es la única manera por la cual nos puede hablar, tal como nos dice el Profeta Oseas cuando se refiere en este caso al pueblo de Dios: «Yo la voy a enamorar: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os. 2,14). Por medio de la entrada a este desierto, el Señor pretende que nosotros podamos salir de este lugar árido con un corazón más desprendido de este mundo y a su vez mucho más entregado a Dios y a los demás. El efecto beneficioso que esto puede provocar en nosotros es lo que entendemos cómo salir de nosotros mismos, para poder sentirnos de esta manera mucho más plenos, mucho más realizados, en definitiva, mucho más dichosos que en el otro estado previo.

Finalmente he de decir que por las múltiples circunstancias adversas de nuestra vida todas las personas podemos experimentar o volver a revivir estos estados del alma con picos de ánimo bajo en cualquier momento de nuestras vidas. Aunque podremos llegar a evitarlos o amortiguarlos mucho mejor en la medida que podamos poner en práctica todas estas indicaciones espirituales que como hemos podido apreciar van mucho más allá de esas luces cortas que tiene la ciencia de este mundo por el hecho de despreciar o renunciar a la luz de la fe.

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