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El idiota: tal título puede crear un malentendido inicial en aquellos que quieran adentrarse en la grandiosa arquitectura de la famosa novela que Dostoievski elaboró entre 1868 y 1869, mientras él y su esposa deambulaban por Europa para escapar de los acreedores rusos que lo perseguían por sus imprudentes deudas de juego. De hecho, el protagonista, el príncipe Myškin es cualquier cosa menos estúpido, por el contrario, es una criatura espiritualmente superior, cuya franqueza interior y amor generoso ignoran la siniestra y sombría «normalidad» de su amigo Rogožin, por el contrario, desean redimirla. «Idiota», de hecho, pertenece al léxico ruso del misticismo y es comparable al evangélico «puro de corazón». En verdad, la sorprendente afirmación de los Ensayos de Montaigne también merecería: «La locura más sutil la hace la sabiduría más sutil», así como, por supuesto, el Elogio de la locura, el título de la obra maestra de Erasmo de Rotterdam.
Ahora aparece una antología en la que desfilan «los locos en Cristo de Oriente y Occidente», cuyos textos son presentados, traducidos y comentados por Lisa Cremaschi, monja de la importante pero problemática Comunidad de Bose, que ha pasado a la vanguardia de las noticias en los últimos tiempos. El término «loco» suena, por supuesto, más noble que «idiota» o «loco» a nuestros oídos, a pesar de su génesis etimológica no es particularmente emocionante: en latín follis es el fuelle o saco de piel que se desinfla, dispersando el aire. La verdadera definición se encuentra, en cambio, en las palabras mordaces que el apóstol Pablo dirige a los cristianos de Corinto que ensanchan la rueda del pavo real de la intelectualidad griega: «La palabra de la cruz es locura (moria) para los que se pierden, pero para los que se salvan es el poder de Dios… Los griegos buscan sabiduría, pero nosotros proclamamos a Cristo crucificado, locura (murió) a los gentiles» (lea 1 Corintios 1:17-31).
El encuentro con los insensatos por Cristo parte del desierto egipcio, moteado aquí y allá -a partir del siglo IV- no sólo con oasis, sino también con mujeres y hombres cristianos que eligen esas duras soledades quemadas por el sol para vivir una experiencia espiritual radical. El viaje en el tiempo, tras las huellas de la estepa, nos hace cruzarnos con una serie de personajes a menudo provocadores. Está, por ejemplo, Mark, un monje con un pasado de lujuria que, después de compartir la existencia misma de los marginados en Alejandría en Egipto, se retira al desierto embarcándose en un arduo camino de expiación. Está Juan conocido como el Calibita, o «el habitante de las chozas», debido a su elección de disfrazarse de mendigo y residir en una cabaña al lado del palacio de su padre.
Al calibita debemos asociar necesariamente a Máximo el Kausokalibita, es decir, el «quemador de chozas»: cada vez que crecía su popularidad y aumentaba la multitud de visitantes, no dudaba en prender fuego a la miserable choza donde vivía y mudarse a otro lugar, semidesnudo, rico solo en un extraordinario conocimiento de las Sagradas Escrituras y su devoción a la Madre de Dios. A continuación, se nos presenta al personaje más famoso de la antigüedad, tanto que se le llama Simeón el Loco por excelencia, quien, después de 39 años en el desierto, decide regresar a la ciudad con este programa: «Voy a burlarme del mundo», y a partir de ese momento dejamos a los lectores perseguir sus desconcertantes rarezas destinadas, sin embargo, a sacudir las conciencias aletargadas. Pasan los siglos, aparecen otros personajes y entre estos hay uno que nos devuelve a Italia, es Nicola di Trani, un griego que aterrizó en Puglia no para hacer milagros sino solo para contagiar a quienes lo escuchan con su alegría «loca», fruto de una fe clara.
Siguiendo la estela de Nicola nos trasladamos a Occidente, donde nos espera la sensacional historia del romano Alejo que huye de su palacio la noche de su boda y desaparece en Siria, para reaparecer años después frente a su residencia como un mendigo, ni siquiera reconocido por sus padres. Nos trasladamos a Alemania con Heimrad, un peregrino y asceta radical hasta el punto de que se le acusa de satanismo. No parece necesario, entonces, evocar una famosa tríada de locos por y en Cristo como Francisco de Asís, Jacopone da Todi («loco por el hermoso Mesías») y el español Juan de Dios, el fundador de los Fatebenefratelli, «loco de amor por los pobres». Lisa Cremaschi no duda en presentar otras figuras, quizás menos populares pero igualmente impresionantes.
Aquí está Pietro Crisci de Foligno, contemporáneo de Dante, que brilla con belleza incluso en la maceración de la penitencia más estricta por sus pecados. Su parábola en acción es sugerente, según el estilo de los profetas bíblicos: recogiendo piedras alisadas por el arroyo, lavándolas con sus lágrimas y, llevándolas sobre su cabeza, ofreciéndolas como regalo a la Virgen María. Sin embargo, el sienés del siglo XIV Giovanni Colombini, que a los cincuenta años abandonó su carrera política y mercantil para seguir a Cristo por el camino de la pobreza y la humildad totales, hizo una ruptura limpia en su vida madura. Siglos más tarde, en el siglo XVIII, fue el francés Giuseppe Benedetto Labre quien se convirtió en un vagabundo de Dios con un rosario al cuello, un cuenco al costado, una alforja que contenía el Nuevo Testamento, la Imitación de Cristo y el breviario. Después de un largo deambular por diferentes países, se instaló en Roma, durmiendo bajo un arco del Coliseo. A veces insultados y golpeados, bajo sospecha en la autoridad eclesiástica, será en cambio la mitad de muchos romanos, comenzando por los niños, conquistados por su dulzura y serenidad.
Jean-Joseph Surin, un jesuita del siglo XVII, una persona de gran cultura que es una persona de gran sensibilidad y espiritualidad, tanto que muestra la fragilidad psíquica. Su existencia se vio trastornada por un asunto relacionado con el convento de las Ursulinas de Loudun, abrumado por escándalos como el de instar al envío del P. Surin se come al exorcista. La delicadeza de su humanidad si se encontró con lo aterrador y fascinado por la capacidad de dominación y seducción de la comunidad de la superiora, la Madre Jeanne des Anges, una dama más inteligente, psicópata y vengativa. Surin no recurrió a exorcismos sensacionalistas, sino que escuchó a esas hermanas con delicadeza y las educó en la libertad interior. Lentamente, sin embargo, llega casi agotado de toda energía y su psique cede. Comienza para él un largo calvario que lo eleva al borde del abismo del suicidio, lo sumerge en el silencio de la afasia y las pesadillas mentales y lo bloquea con la parálisis durante cinco años.
Y, sin embargo, desde la cueva de la desesperación sigue resonando su voz espiritual, cristalizando en espléndidos textos místicos, mientras su cuerpo se eleva de nuevo y le permite volver a ser guía, especialmente para la población pobre del campo que lo escucha, encantada, hablar del amor de Dios. Guiñando un ojo a una confesión del apóstol Pablo, escribió: «Solo quiero imitar la locura de Jesús que perdió su honor y su vida en la cruz… Para mí es lo mismo vivir o morir. Es suficiente para mí mantenerme enamorado». Como nota al margen, recordamos que la dramática historia del convento de Loudun fue transcrita libremente por Ken Russell en la película The Devils (1971), inspirada en la novela The Devils of Loudun de Aldous Huxley, con Vanessa Redgrave en el papel de la madre Jeanne des Anges.
Pero para redescubrir la genuina filigrana de este y de todos los demás locos de Cristo, tan diferentes de los párrocos y sin embargo marcados por un común estigma de luz, loco por los intelectuales y las clases altas pero comprendido y amado por la gente sencilla, inconveniente para la gente respetable pero capaz de desenmascarar la hipocresía, es imprescindible la introducción que propone Lisa Cremaschi al comienzo del desfile de personajes y los retratos que prologa a la antología de los escritos de o el suyo de ellos. «Secularmente» estaríamos tentados de concluir con una línea de Enrique IV de Pirandello: «Encontrarse frente a un loco es encontrarse frente a alguien que sacude de sus cimientos todo lo que ha construido en usted, a su alrededor, la lógica de todas sus construcciones».
GIANFRANCO RAVASI
Locura de amor. Los locos en Cristo de Oriente y Occidente, editado por Lisa Cremaschi, Qiqajon, Bose (Biella), pp. 266, Publicado con el título: Esos «locos de Cristo» que socavan las certezas, en IlSole24ORE, no. 280 (11/10/2020).