El momento de mi vida que el Señor me curó de una “depresión” con la idea de querer morir siendo misionero.

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El momento de mi vida que el Señor me curó de una “depresión” con la idea de querer morir siendo misionero.

Los detalles previos y posteriores en los que puedo encajar esta hermosa historia de verdadera sanación y encuentro con Dios, que no tengo duda que se produjo en verdad por medio de los sacramentos que administra la Iglesia, pero entendiendo al mismo tiempo que también se produjo por medio del fruto de una semilla que el Señor sembró en mi corazón, que vino a ser la de querer ser misionero y querer morir de esta manera.

Después de haber pasado por el fuego de la cruz de un psiquiátrico en varias ocasiones por aquel entonces, este trauma hizo que cayera en lo que hoy los psiquiatras llaman “depresión”, aunque para mi la mejor forma de definir esta experiencia interior queda reflejada en salterio:

«Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: “Señor, salva mi vida”» (Sal. 114,3-4).

Esta experiencia muchas veces se convierte en una constante en nuestras vidas que con la ayuda de Dios vamos superando con el ánimo que cada día nos da, aunque en aquel momento fue algo muy profundo. Perdí por completo la “ilusión” de que una mujer pudiera suplir la gran necesidad de amor auténtico que yo al menos necesitaba, ante los muchos fracasos que observaba a mi alrededor de matrimonios y parejas que cuando rompían sus relaciones, volvían a ponerse en esa fase de búsqueda para encontrar a su parecer algo nuevo mejor, con el sufrimiento añadido que esto acarreaba para ellos de una forma inconsciente.

Este pensamiento comenzó a mustiar mi  jardín interior, que posiblemente no era tan “jardín” hasta que más adelante pude saber mejor que era en verdad. La cuestión es que caí en este lazo de muerte y angustia tal como reza el salmo y aunque en aquel momento no me preguntaba la razón por la cual no exteriorizaba este mal sentimiento, solamente me lo guardé para mí en la intimidad con el Señor. Esta decepción calcinaba poco a poco las hierbas secas que quedaban de aquel jardín, hasta que tuve anhelo por probar la muerte. No, nadie piense que siendo ya creyente y practicante de mi fe tuve tentativas fuertes de quitarme la vida, pues lo que trato de transmitir es que ya no deseaba seguir viviendo. Cuando tuve esta experiencia de tocar fondo en esta vida, el Señor sembró en mi corazón una sencilla semilla que al principio como es de imaginar, resultaba ser algo muy seco.

Poco a poco brotó esta semilla en forma de idea de ser misionero, pues en mi interior me preguntaba «Si me quiero morir, podía irme de misionero y al menos un mosquito que me pudiera transmitir una enfermedad mortal, para acabar de esta manera mi vida, con la conciencia limpia de incluso poder salvar de esta manera mi alma»

Fue de esta manera como comencé a tener una especie de contemplación constante y rutinaria en la  que comparaba mi vida en aquel presente y la que me proponía cuando pudiera ser misionero. Parece mentira como Dios se sirve incluso de estas experiencias que a priori pueden parecernos cosas tan fútiles, es decir, sin importancia, triviales, inútiles o de escaso valor para poder salvarnos de nuestras adversidades más fuertes.

Comparando una vida con la otra, comencé a valorar lo que tenía y que sin darme cuenta con el tiempo había perdido casi todo el valor para mí. Muchas de estas cosas ni me las planteaba, como, por ejemplo, la posibilidad de tener un hogar con licitas comodidades que tantas personas pobres en este mundo no tienen, como un cuarto personal donde poder descansar, un cuarto de baño donde podía tener cierta discreción para hacer mis necesidades o una simple ducha diaria con agua caliente.

Todo esto hizo en mí que se despertase poco a poco el sentido de gratitud en mi vida, muy especialmente hacia Dios, que me había dado también una familia y algunos amigos cercanos que sabía que me querían tal como los sigo queriendo hasta el momento presente.

Así, con esta semilla misionera que sembró el Señor en mi corazón pudo sanar mi alma y el resultado final fue una renovación total que propició más adelante hacer lo posible por tratar de darle todo el honor, la honra y la gloria primero con mi pobre ser y también con lo poco que pudiera tener y estar en mis manos, siempre contando con su asistencia.

Desde entonces sigo con la misma idea, aunque de momento me queda un tiempo para poder ayudar a mis padres a hacer su último tránsito en esta vida. Desde aquí pido oraciones para que más adelante ya no tenga esa idea cobarde de que un mosquito me quite la vida y cumpla definitivamente con este propósito, para poder emplear mi vida de la forma que Dios le plazca.

Y con este mismo salmo, termina esta hermosa historia de sanación y encuentro con Dios:

«El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó. Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo: arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída»  (Sal. 114,5-8)

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