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Almonte (Huelva)
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Hermanos en la fe que censuraron mi oración por haber hecho una postración profunda ante los pies del Santísimo expuesto en su custodia.
El día 6 de agosto del presente año, en vísperas de la venida de la Virgen del Rocío, estábamos reunidos un grupo de 30-35 personas y otros que se suman al final de este jueves eucarístico a nuestro grupo de oración de la Divina Misericordia. Antes de nada, he de decir que llevo perteneciendo a este grupo cerca de dos años y medio para centrarnos en la práctica de la oración de la Coronilla a la Divina Misericordia.
Por desgracia es un grupo cerrado más en nuestra Iglesia que suele tener casi siempre las personas fijas que hacen encargos hechos por la persona que dirige este grupo, que se llama Rocío del Carmen. Con esto quiero decir que, no todos podemos tener la ocasión o más bien diría yo el privilegio de “ser elegidos por Rocío” para poder cumplir algún cometido dentro de este grupo.
Este día en el que la Iglesia celebra la Transfiguración del Señor, fue muy especial para mí, ya que después de dolerme tanto las rodillas y la espalda de estar en el reclinatorio, tomé la decisión de dirigirme a los pies del presbiterio cuando comenzó la Coronilla para hacer una postración profunda.
Después de terminar la Coronilla tenemos la costumbre de hacer un turno de peticiones. Desde siempre he tenido la libertad para poder hacer mi oración delante del Santísimo un poco más extensa de lo que por norma general lo hacen las pocas personas que solemos estar en este grupo. Pero en esta ocasión ocurrió algo muy interesante, pues esta fue mi oración:
Señor y Dios mío, transfigúrate, transfigúrame. Sal. 62,3 al 5: «¿Hasta cuando arremeteréis con un hombre todos juntos para derribarlo como si se tratase de una pared que cede o una tapia ruinosa?. Todos planean derribarlo de su altura, mientras se complacen en la mentira. Con la boca bendicen, con el corazón maldicen». Señor, ten misericordia de todas aquellas personas que me han perseguido y me persiguen; que te persiguen a Ti bajo mi piel. Dales un toque de atención cuando me hagan la guerra, para que sepan que Tú peleas por mí.
En este mismo instante, me interrumpió el sacerdote y me dijo: Jesús, déjalo… pero yo seguí con mi oración:
Ten misericordia de aquellos hermanos en la fe que sin saberlo practican una falsa piedad (Seguían dando voces e interrumpiéndome y respondieron algunos para cortarme: te lo pedimos Señor) de los cuales muchos hay aquí. En este momento Rocío del Carmen puso la música para pisar mi oración, y como pude apreciar que estaban muy nerviosos, tuve que terminar diciendo: Ábreles la conciencia para que se puedan dar cuenta de este mal. Te lo pido Padre, en el nombre de tu Hijo nuestro Señor Jesucristo, AMÉN.
Allí estuve en el suelo, mezclándome con la arena y el polvo del piso de esta parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción en Almonte (Huelva), haciendo aquella postración profunda hasta que se hizo la reserva del Santísimo. Cuando el sacerdote estaba cerrando la puerta del sagrario, me levanté hacía este lugar lateral y grité: Señor, te pido perdón por aquellos hermanos que han censurado mi oración.
La Santa Misa terminó y después de llamar la atención a las personas que nos impiden recogernos al final para hacer una acción de gracias al Señor, y que por desgracia no se dan cuenta que meten el ruido de este mundo a este lugar santo, me marché.
De camino a casa, me di cuenta de que Rocío del Carmen estaba sentada en una mesa del Casino de la Paz con su madre Antonia. Me dirigí a ella y le pregunté que qué tal estaban. Me respondió que muy bien. Después le pregunté que, si estaba bien también la censura por la que tuve que pedir perdón al Señor, ya que ella fue otra responsable de este acto, tal como lo fue también D. Francisco Miguel Valencia Bando, que es nuestro párroco. Me dijo que si, que era porque hice la oración muy larga y porque cité una perícopa de un Salmo. Pero ella misma estaba embarazándose en una mentira, ya que lo que me dijo después era que yo me metía con la gente con mis oraciones. Le dije que yo no había nombrado a ninguna persona, pero que, si alguien se sentía aludido como ella, que no era mi problema, que esta era la forma como Jesús hablaba a las conciencias de las personas en su paso por esta vida y que era como debían hacerlo también los sacerdotes desde sus púlpitos.
Aprovechó la palabra “problema” para hacerme un quiebro en la conversación, ya que apreciaba que estaba muy nerviosa, puesto que se levantó en diversas ocasiones quizá para imponerse mucho más aún. Me dijo que yo era una persona que me metía con la gente y que tenía muchos problemas. Le corté en seco cuando le dije que me dejase con mis problemas en paz, que eran míos y no se metiera en ellos.
Tras una acalorada conversación que ella decía quería evitar con artes de las tinieblas diciéndome que no quería discutir, le dije que había cometido una injusticia y un acto grave contra la caridad. Me dijo que tenía la conciencia muy tranquila y que el próximo día si hacía lo mismo, volvería a poner su música. Le dije que en ese momento se le cayó su mascara de persona que dirigía el grupo y que más bien era una mandona.
En fin, quien estoy seguro de que este día se fue con la conciencia bien tranquila fue este servidor que escribe aquí, que Dios mediante quizá volverá a informar de otros encuentros feos como este, que ponen claramente en evidencia lo que ya nos adelanta san Pablo: «Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros» (Ga. 5,15).
Jesús del Pino Marín (Aspirante a siervo inútil).