Discernimiento de las “enfermedades mentales” a la luz de la sagrada Escritura

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Invito a leer esta humilde reflexión que deconstruye aquellos dogmas de la ciencia que un gran número de personas han terminado de aceptar como «enfermedades mentales». Se trata de un discernimiento a la luz de la Palabra de Dios que descubre en parte lo que hay de cierto tras este «dogma» que incluso la propia Iglesia en la actualidad ha llegado a un aparente pacto consensuado desde que por desgracia se hizo más ambigua y decadente y ha perdido su necesario dinamismo radical que Jesús nos marca en el Evangelio. Quien pueda tener interés en conocer esta reflexión, ante todo le debe de quedar claro que no me declaro como experto y mucho menos como maestro, aunque si como un testigo vivo que le ha marcado esta cruz desde hace ya más de veinte años.

«Porque si estamos locos, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros» (2 Co. 5,13).  

Dios puede trastornar nuestro «camino» si lo ve conveniente, aunque bajo ningún concepto permite esto mismo con nuestra «mente».

Después de la desobediencia de nuestros primeros padres a nuestro Creador, el hombre comenzó a conocer las consecuencias del pecado original. Por causa de este pecado toda la naturaleza quedó herida por la corrupción, haciendo que la vida terminase en la muerte y por esta misma razón no solo nuestra mente conociese la tiniebla de la ignorancia, la confusión y el error, sino que además como consecuencia de nuestra separación con Dios comenzamos a experimentar al mismo tiempo el sufrimiento. Este fue el justo pago que recibimos por nuestra desobediencia y que en el momento de nuestra redención el Hijo de Dios pagó con un alto precio nuestra salvación por su perfecta obediencia al Padre. De esta manera las tinieblas quedaron iluminadas con su Palabra, dando a su vez sentido redentor a nuestro sufrimiento, permitiéndonos recuperar además la esperanza que perdimos por causa de la muerte en este caso por su gloriosa Resurrección.

Dios nos ha revelado en la Sagrada Escritura todo lo que necesitamos para poder alcanzar la salvación, sin embargo, muchos aspectos de nuestra vida quedan abiertos ciertos interrogantes que ni tan siquiera sus santos a lo largo de la historia han llegado a abordar apenas. Podríamos hablar en este caso por ejemplo sobre los problemas relacionados con la salud mental, ya que como sabemos este es un fenómeno relativamente reciente consolidado por la ciencia a partir del S.XIX.

Con esto no quiero decir que no existan reflexiones lúcidas que aportan luz en esta disciplina del saber, aunque muchas de estas personas que en su caso tienen también ideales cristianos y que son profesionales de la salud mental, por la gran influencia que ha supuesto recibir una formación académica prolongada, no se atreven a penas a cuestionar sus bases. Esto es mucho más que comprensible desde su punto de vista, ya que además de la gran marginación e incomprensión que tendría que afrontar cualquier sujeto que se precie a cuestionar este nicho de la ciencia, habría que tener además un gran valor para echar por tierra una carrera universitaria, lo que supondría reconocer que el tiempo invertido en cursar dichos estudios en verdad le han sido en vano. Teniendo en cuenta la inversión de tiempo que les ha supuesto en la vida de estas personas para poder terminar una licenciatura en psicología o en medicina cuando se trata de la especialidad en psiquiatría, podemos imaginar que esto resultaría ser una auténtica locura, pero quizá esta locura sería muy saludable, pues por la parte que nos corresponde como cristianos sabemos que la verdad nos hace libres (Jn. 8,32).

Teniendo en cuenta que el hombre valora más lo que ya tiene que lo que puede darle Dios gratuitamente cuando se despoja de todo, incluyendo los conocimientos que podemos adquirir en este mundo, muchos sin saberlo se pierden algo importante. Por esta razón, los que tenemos a Cristo en nuestro corazón y tratamos de conservar con pureza sus enseñanzas, debemos de tener muy presente que la sabiduría que necesitamos no es la que encontramos en el esfuerzo intelectual de los hombres según el mundo, sino que la verdadera sabiduría emana más bien de una relación auténtica de amor con nuestro Dios.

Es necesario que podamos comprender que no necesitamos títulos académicos para asumir nuestra misión como «terapeutas» o como «acompañantes» de aquellas personas que padecen dolor profundo en su alma. Esto no lo digo en absoluto desde la perspectiva de un «psicólogo» o un «psiquiatra», ya que estos médicos de la mente solo se dedican a «clasificar» a las personas (diagnosticar), según el criterio consensuado de un grupo de élite consolidado dentro del ideario en gran parte subjetivo, reduccionista y generalista que conocemos como el Manual de Diagnostico de los Trastornos Mentales (DSM).Este ideario que no tiene como fin de tratar de «solucionar» un problema o contratiempo de la vida, sino en todo caso terminar de prescribirnos un elenco de drogas sintéticas de laboratorio.

Ante los torreones del conocimiento ilusorios que hemos permitido que se alcen contra el conocimiento de Cristo, podemos hacerles frente también por medio de la sindéresis, que es la capacidad que tenemos los creyentes de aplicar nuestro juicio práctico, dejándonos llevar en este caso por los dones del Espíritu que hemos recibido en los sacramentos del bautismo y de la confirmación: ciencia, inteligencia, sabiduría, consejo, piedad, temor de Dios y fortaleza. En la milicia del Evangelio los sencillos debemos de retomar de nuevo nuestras trincheras para que los grandes caigan definitivamente de sus pedestales. Esto es lo que sucedió al principio, cuando Jesús eligió a sus amigos más íntimos que fueron después sus Apóstoles, que como sabemos no eran precisamente personas letradas. El Maestro supo enseñarles lo más importante para la misión que es aquello mismo que también nos lo enseñó de una forma magistral la santa de Ávila: «No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho».

Aunque a priori pueda parecernos una realidad muy cruda, nuestros padecimientos forman parte de una corrección o castigo merecido, que tras la Pasión, Muerte en la Cruz y Resurrección de Jesús se ha vuelto saludable por ser redentor. Ante esto debemos de reconocer que si Dios en su providencia hubiese permitido que además de sufrir por los problemas, conflictos y avatares que tenemos en esta vida y que en ocasiones nos quitan la paz de nuestra alma, que se llegue a sumar además otro supuesto castigo como vendría a ser un trastorno o la enfermedad de nuestra mente. Este planteamiento sería un acto verdaderamente despiadado. Por esta razón, precisamente no encontramos ninguna mención explícita en la Sagrada Escritura que haga referencia a alguna «enfermedad mental», aunque sí que existe una confusión por nuestra parte cuando no somos conscientes de que usamos tecnicismos patológicos adaptados a nuestro tiempo. Esto sucede, por ejemplo, cuando nos referimos al estado psíquico que refleja la experiencia del Profeta Elías, al sentir miedo por la amenaza que recibió por parte de la reina Jezabel (1 Re.19,3), lo que induciría a un psiquiatra a diagnosticar este estado como un cuadro de «ansiedad». Más adelante, cuando en el desierto se refugió bajo una retama dice que llegó a desearse la muerte  (1 Re. 19,4), lo que induciría a un psiquiatra a diagnosticar este estado como un cuadro de «depresión». El problema que tenemos prácticamente en términos generales surge cuando analizamos los estados psicológicos de las personas que fueron escogidas por Dios en tiempos remotos para retrotraerlos a nuestro contexto actual. Deberíamos de reconocer que esta técnica analítica es completamente errada, ya que nuestra época suele hacer lectura de ciertos personajes bíblicos elegidos por Dios que lejos de ser catalogados dentro de estas torpes clasificaciones patológicas, habríamos de comprender en todo caso que fueron personas como nosotros que en algunas ocasiones se vieron expuestas a situaciones límite, quedando expuestos de esta manera estos sujetos a determinados estados psíquicos críticos.  Es aquí donde encontramos la clave para poder comprender nuestro tiempo ya que la ciencia ha erigido un busto a la «enfermedad mental», debido a la ignorancia y al mismo tiempo al interés oportunista de esta ciencia secular. Estas crisis que vienen a originarse por las diferentes exposiciones reales ante los problemas y conflictos que pueden arrebatarnos la paz de nuestra alma, han desarrollado un elenco de acuñamientos o patrones mentales que de no haberles dado dicho carácter patológico, hoy el psiquiatra no tendría el estatus que tiene como médico y por consiguiente el Estado tampoco tendría este método ideal para poder controlar a los locos o disidentes políticos que incomodan o denuncian su corrupción o que llaman a las cosas por su propio nombre incluso en clave de pecado.

La sagrada Escritura nos ofrece algunas indicaciones bastante evidentes para poder discernir si Dios permite en nuestra vida esta clase de situaciones límite que nos llevan a estos estados psíquicos críticos. Ciertamente Dios permite estas experiencias límite muchas veces como pago por nuestros pecados « ¡Cómo nos ha consumido tu cólera y nos ha trastornado tu indignación!» (Sal. 89,7)«, «El Señor protege a los extranjeros, sostiene al huérfano y a la viuda, pero trastorna el camino de los impíos» (Sal 146,9). Estos versículos dentro de los Salmos son bastante instructivos en este aspecto, ya que si ponemos nuestra atención en los mismos podemos llegar a comprender que Dios puede trastornar por nuestra conveniencia nuestro «camino». Sin embargo, Él no hiere nuestra «mente», sino que por causa de nuestro pecado va a permitir que podamos experimentar problemas, conflictos, trabas, contratiempos y obstáculos de toda clase en nuestra vida que nos van a ocasionar los típicos padecimientos del alma cuando el hombre se encuentra oprimido por el espíritu de temor, tristeza, angustia, preocupación, pena, autocompasión, desesperación, o cualquier otra clase de esclavitud que en definitiva podemos considerar que son las fuentes generadoras del mal estar de nuestra mente. ¿Podemos pensar aquellas personas que amamos a Dios y tratamos de evitar el pecado que estamos exentos de estos trastornos que nos llevan a situaciones límite? No, no estamos exentos, en primer lugar, porque cuando vivimos estos problemas y conflictos con la ayuda de Dios, todo nos sirve para bien (Rm. 8,28), por lo que estos avatares de la vida que pueden quitarnos en ocasiones la paz nos sirven en primer lugar para dar gloria a Dios y para poder madurar espiritualmente como hijos de Dios. Además, debemos de asumir que muchas personas que viven en pecado, Dios no puede cargarlos más de lo que pueden soportar, pues podrían estar tan extenuados que en su infinita sabiduría sabe mejor que nosotros que de hacerlo acabarían con su vida.

A lo largo de la Sagrada Escritura, Dios confirma este mismo designio para nosotros los hombres, pues «sus caminos son llanos para los fieles, para los malvados son piedras de tropiezo» (Eclo. 39,24). Podemos comprender que cuando Dios trastorna nuestro camino o nos pone una piedra de tropiezo por causa de nuestro pecado viene a significar lo mismo, por lo que científicamente no puede sostenerse  que los aspectos vivenciales, adaptativos, sociales y relacionales donde quedan reflejadas nuestras caídas, errores, dificultades, contratiempos, imprudencias u otros factores de nuestra vida que son complejos de explicar para nuestra realidad presente, lleguen a ser considerados por la ciencia como los efectos de unas supuestas alteraciones o desequilibrios químicos en nuestro cerebro. Con esto queremos decir que Dios puede permitir que el pavimento por el que circulamos en esta vida pueda tener baches, grietas, gravillas, así como otros deterioros que harán que nuestro camino sea difícil y tortuoso. Ante estas pruebas que puede ponernos podemos aceptar que nuestro vehículo se resienta, incluso que tengamos necesidad de reparar alguna parte mecánica del mismo, pero si además de sumarle estos agravantes en nuestra vida Dios rompiese la ingeniería del diseño de nuestro motor para quedar de esta manera dañados, entenderíamos que quedaríamos inválidos en medio de una cuneta, lo que implicaría que no pudiésemos avanzar hacia su encuentro. Si no aceptamos esto, estaríamos contradiciendo a Dios, pues Él « quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad» (1 Tim. 2,4) y para poder llevar a término este propósito el hombre necesariamente necesita avanzar en su camino por esta vida con un alma o psykhé completamente funcional.

Habría que añadir que además de que Dios se sirve de estos medios naturales para que podamos palpar lo más profundo de nuestro ser y podamos de esta manera descubrir la presencia silenciosa de Dios en nuestra vida, podemos saber por medio de la Sagrada Escritura que se pueden dar otras excepciones de índole sobrenatural. La causa de estas excepciones sobrenaturales sigue siendo la misma, es decir, el pecado, por lo que tampoco nadie se encuentra exento de estos padecimientos que la ciencia secular no alcanza  ni alcanzará a comprender por la única vía de la razón. El primer ejemplo que podemos extraer de la Sagrada Escritura es el del rey Saúl.  Este personaje fue el primer rey del pueblo elegido por Dios y fue ungido como tal por el profeta Samuel (1 Sam. 10,1). En el suceso de su reinado, el rey Saúl cometió una serie de imprudencias que fueron reprobadas por Dios a través del Profeta Samuel el cual le anunció que su reinado no llegaría a mantenerse (1 Sam. 13,7-13). Saúl pide perdón en vano, pero Samuel le comunica que Yahvé le había desgarrado el reino de Israel y se lo había dado a otro mejor que él (1 Sam. 15,24-28). Samuel unge como rey al hombre que vendría asentarse la dinastía del Mesías en la persona de David  (1 Sam. 16,13). A partir de este versículo la sagrada Escritura relata que el Espíritu de Yahvé se había apartado de Saúl y un espíritu malo que venía de parte de Yahvé le infundía espanto. Los servidores de Saúl le dijeron «vemos cómo te está atormentando un mal espíritu de Dios» (1 Sam. 16,14). Los servidores de Saúl solicitaron su permiso para que ordenara traer una persona que pudiese calmar su estado tocando la citara y tal como sabemos este fue el primer contacto que tuvo Saúl con David que fue designado como su músico para poder calmar su estado psíquico en su fase crítica.  Esta circunstancia le causó a Saúl un cierto estado de perturbación que posiblemente llegó a afectarle a nivel somático su estado de nervios. No podemos descartar que este estado de nervios pudiera influir a su vez en los celos enfermizos que pudieron ocasionar la persecución a muerte contra David.  No podemos descartar tampoco que después de morir el Profeta Samuel por no tener ya la posibilidad de consultar la voluntad de Dios con el Profeta ante una guerra que se hizo inminente contra los filisteos, al verse completamente desolado en este aspecto, Saúl volvió a cometer otro pecado grave, cuando consultó con una nigromante para invocar el espíritu de Samuel (1 Sam. 28,1-25). Este caso particular del rey Saúl por desgracia sabemos que no tuvo un buen final, pues ante el temor en medio de la batalla contra los filisteos hubo un momento en el que Saúl se atemorizó ante ellos, por lo que dijo a su escudero que sacase la espada para que le traspasase. Su escudero no quiso. Entonces Saúl tomó la espada y se arrojó sobre ella (1 Sam. 31,3-4).

El segundo caso de carácter sobrenatural lo encontramos en el Nuevo Testamento con otro hombre de nombre Saúl o Saulo nacido en Tarso, educado en la fiel observancia de la Ley de Moisés y de las tradiciones de los mayores. Persiguió a los cristianos y participó en la lapidación de san Esteban, el primer mártir cristiano (Hch. 7,54-8,8). Tras esta ejecución tuvo un encuentro con Jesús Resucitado que se le apareció por medio de una luz resplandeciente. Gracias a este encuentro se convirtió a la fe cristiana. Teniendo en cuenta que esta luz resplandeciente hizo que llegase a perder la vista, tras pasar tres días en este estado, un discípulo llamado Ananías enviado por Jesucristo hizo que volviese a recuperar la visión (Hch. 22,6-19). Cuando el libro de los Hechos de los Apóstoles relata el primer viaje misionero de Saulo, menciona que él era «llamado también Pablo…» (13,9). Desde ese momento en adelante, Lucas, el autor de los Hechos, se refiere a él con ese nombre: Pablo. Pablo tuvo que sufrir por el nombre de Jesús (Hch. 9,16) muchas penas y calamidades que él cuenta en sus cartas dirigidas a las comunidades que había fundado, pero si ponemos nuestra atención en la segunda Carta a los Corintios, Pablo nos deja entrever que tuvo una experiencia muy semejante a la del rey Saúl, pues Dios en este caso también le envió un mal espíritu que según nos da a entender le infundía una aflicción en su alma o dicho de otro modo, una mala experiencia que de alguna manera alteraba su propia mente: «Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera» (2 Co. 12,7). San Pablo  recurrió a la oración (2 Co. 12,8), aunque fue más adelante la propia consolación de la Palabra de Dios a su solicitud la que le ayudó hacer frente a esta prueba:  «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co.12,9).

Para aquellos que somos creyentes y sentimos un influjo fuerte de un mal espíritu que altera o sacude nuestra mente, debemos de saber que Dios lo permite para poder purificarnos más de nuestros pecados propios y ajenos y, en esta santificación debe de consolarnos también el mismo pensamiento que tuvo san Pablo cuando después de saber que Dios permite este mal para un bien mayor, podemos decir con él: «Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co. 12, 9-10). A pesar de que sabemos que san Pablo tuvo que convivir en este “estado crítico mental” por causa de un mal espíritu, Dios se sirvió de su persona para ser predicador, apóstol y maestro de los gentiles (2 Tim. 1,11).

Hemos presentado en primera instancia un caso genérico de aquellos estados psíquicos críticos de nuestra mente que hemos considerado que son debidos a causas naturales, llegando a discernir a la luz de la sagrada Escritura que Dios al contrario de lo que llega a dogmatizar la ciencia secular, ciertamente podemos descartar la posibilidad de entender que existan las enfermedades de la mente. En conclusión podemos afirmar que el trastorno o tropiezo causado por el pecado es la fuente generadora de los problemas que después nos causan mal estar y la pérdida de nuestra paz mental y ante esta circunstancia en ocasiones inevitables por nuestra naturaleza caída podemos decir con el salmista que: «cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia, Señor, me sostiene; cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia (Sal .93,18-19). 

Después de haber presentado varios ejemplos particulares de dos personajes bíblicos relevantes que muestran una realidad sobrenatural que hoy en día es tratada por la ciencia secular también como «enfermedades mentales» y que la Iglesia en la mayoría de los casos parece que por su falta de fe ya tampoco tiene la capacidad de discernir que se trata de un fenómeno que debe abordarse también por medio de los remedios medicinales de la fe, como viene a ser el alimento de la Palabra de Dios, la oración de liberación, los Sacramentos, la adoración Eucarística, el uso de sacramentales, y la práctica de exorcismos, etc., con el fin de que podamos hallar la paz necesaria para nuestras almas. Si la Iglesia no acompaña a las personas que adolecen de este tipo de estados críticos de nuestra mente y que la ciencia secular pone toda clase de trabas y aranceles a las autoridades eclesiales para poder tratarlos como necesitan desde su dimensión sobrenatural, no debemos de descartar que se seguirán acentuando las tensiones que mueven los hilos de la cognición, los sentimientos, las emociones, la volición, etc., que como sabemos afectarán negativamente también a nuestra experiencia de vida.

Teniendo en cuenta esta realidad espiritual, es preferible que podamos aceptar que muchos hombres podemos estar siendo probados en ciertos caso por la influencia de los malos espíritus, en vez de errar pensando que tenemos un desajuste químico en nuestro cerebro que hace desencadenar un proceso en el que primeramente llegamos a ser estigmatizados por la ciencia secular como “enfermos mentales” y que por consiguiente esto se llega a tratar muchas veces en contra de nuestra voluntad con arsenales químicos que los usuarios tienen que aceptar involuntariamente. Si, es preferible aceptar la verdad espiritual, aunque en un principio este abandono en la voluntad de Dios pueda parecernos una realidad incomprensible por su infinita bondad, y resulta ser aconsejable porque antes de ser víctimas de este error de vivir confundidos porque nuestra mente está enferma de una forma crónica para toda la vida, podemos encontrar los remedios verdaderamente eficaces que nos ayudan a encontrar la paz que necesitamos, cuando tomamos la determinada determinación de refugiarnos bajo el techo de la Iglesia de Cristo.

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