Dirección:
Almonte (Huelva)
Disponibilidad completa:
E-mail: buenanueva@hotmail.es

No es lo mismo estar tranquilo que estar en paz (Sobre el uso de sedantes y otros narcóticos “legales”).
Me ha parecido muy interesante poder establecer las diferencias entre estas dos cualidades que todos tenemos necesidad de precisar para poder sobrellevar mejor las dificultades y adversidades que se nos presentan en nuestra vida. Aunque ambos estados deseables están estrechamente relacionados por un vínculo común que refiere directamente a nuestro cuerpo, cada cual afecta a diferentes dimensiones de la persona, por lo que de partida no podemos afirmar que sea lo mismo estar tranquilos que estar en paz.
Cuando el hombre afirma que se encuentra tranquilo lo que quiere decir en el fondo es que nuestro estado de nervios se encuentra en un punto estable que nos va a permitir llevar una vida regular, en la que podremos desarrollar satisfactoriamente nuestros principales proyectos y propósitos que tengamos en mente. Al entender que esta dimensión de la persona es la más externa o superficial, no nos debe de costar reconocer que dicho estado de nervios es un fenómeno que, al resultar ser más tangible o mensurable en primera instancia por medio de nuestros sentidos, en este aspecto estaríamos haciendo referencia a una naturaleza propia que en este caso es puramente física o material.
Sin embargo, cuando afirmamos que «nos encontramos en paz», muchas veces no llegamos a ser conscientes que nos referimos a un estado más profundo que en este caso encuentra una base de asiento en nuestro sentimiento o en nuestro ser. Por esta razón resulta ser más coherente afirmar que «nos sentimos en paz» y al mismo tiempo choca al sentido común cuando por defecto afirmamos sin tener apenas consciencia que «sentimos tranquilidad». El hecho de que podamos sentir los efectos de la paz estos van a repercutir directamente a nuestro estado de nervios, pues solamente cuando nos vemos más liberados de las agitaciones y preocupaciones de esta vida será cuando podremos sentir esta paz que es la que nos va a permitir disfrutar de un alivio en el nivel físico. Es únicamente de esta manera como el hombre se puede liberar de verdad del desgaste o del stress que nos producen los problemas, las dificultades y las contrariedades de esta vida que tanto nos pueden causar agitación e inquietud y que a su vez se convierten en los efectos propios que suelen inducir a otra clase de problemas a nivel somático creando de esta manera un bucle negativo que se realimenta a sí mismo.
Teniendo en cuenta estos sencillos argumentos, deberíamos de tener capacidad para reconocer que los efectos que producen los sedantes y otros narcóticos de libre circulación en el mercado farmacéutico no solucionan de raíz los efectos propios que en este caso generan los problemas cotidianos que solemos experimentar en nuestra vida. Puede que en un momento puntual sea necesario recurrir a un sedante o a un narcótico para poder calmar nuestro estado de nervios, aunque en el fondo sabemos que esto es lo que menos nos complica la vida, ya que si pensásemos seriamente en atajar estos problemas desde su raíz tendríamos que dedicar mucho tiempo y sacrificio para centrarnos más en este estado profundo que con respecto a estos dos aspectos respectivamente se encuentran relacionados con nuestra alma y nuestro espíritu. Cuando rompemos con la barrera de la pereza espiritual, es cuando se abren los ojos de nuestra alma para poder cultivar de esta manera nuestra interioridad para que podamos tener acceso a los remedios sobrenaturales que como es evidente en este caso no tienen ningún tipo de contraindicación o efecto secundario que a la corta o a la larga perjudican nuestra salud física.
Existe una necesidad imperiosa de que podamos aclarar que, aunque existan muchas personas que hacen uso de los servicios de salud mental que en su confusión consideran erróneamente que tienen necesidad de recurrir a los psicofármacos, esto se debe en esencia a que casi todas las personas por instinto natural buscan soluciones rápidas a sus problemas. El sabio sabe que tomar cualquier atajo para poder dar solución a un problema es un gran error, pues todas las heridas e incluyendo las psicológicas o emocionales que directamente afectan a la conducta humana necesitan su tiempo para poder cicatrizar. Así lo dictamina también un aforismo, pues cuanto menos precipitada es la curación es tanto más segura. Por tanto, no nos debe de extrañar que tal defecto en esta ciencia tenga su origen especialmente en la desesperación de muchas personas cuando no saben cultivar su estado en la virtud de la paciencia. Paralelamente sucede también en muchas ocasiones que las personas agitadas e inquietas tienen el afán de querer controlar todo lo que les sucede en sus vidas, por lo que necesitan que otros les puedan decir cuál es el problema que tienen y por causa de su ignorancia e incluso también por su ingenuidad se conforman en este caso con los diagnósticos que puedan darles y esto termina ocasionando un determinado conformismo por una falta de capacidad crítica de sí mismos.
Las crisis que podemos experimentar cuando los psiquiatras prescriben tratamientos psicofarmacológicos que actúan como sedantes, estimulantes y otras formas evasivas que deforman o distorsionan nuestra manera de percibir la realidad, aparte de ofrecer en la mayoría de los casos una nula eficacia, forman parte de los procesos de transformación de las personas. Estos procesos críticos, cuando son dirigidos por medio de la pericia de personas que son virtuosas y que además no tienen por qué tener necesidad de precisar de conocimientos científicos, pueden extraer con su método y tiempo de aquellas personas afectadas por sus sufrimientos psíquicos su mejor versión. Aunque para poder comprender de verdad esto es necesario aceptar que las crisis en nuestras vidas son necesarias para poder enriquecernos, por lo que nunca se debería permitir atenuar o reprimir con el uso de cualquier lenitivo como vienen a ser las drogas sintéticas de laboratorio que como sabemos son otro tipo de psicotrópicos, aunque en este caso con carácter “legal” en los mercados.
Debemos de adquirir plena conciencia de que la ciencia es necesaria para nuestro bienestar, aunque si la convertimos en un fin último en todas las dimensiones de la persona tal como lo han llegado a asimilar las corrientes mayoritarias tanto en el nivel físico y de forma especial en el nivel psíquico la estaríamos otorgando erróneamente una categoría divina, y en todo supuesto es solo Dios quien tiene la última palabra, pues solo Él es el único absoluto. Por esta razón se precisa en este mundo una contra revolución por parte de la religión y la espiritualidad, para que muchas personas puedan comprender mejor el origen, las causas , el sentido y el fin de sus crisis comprendiendo de esta manera a su vez la razón de su existir, pues nosotros en verdad solo somos personas que tenemos un gran dolor en nuestra alma y este dolor no podrá ser aliviado eficazmente por medio de la ciencia y la tecnología, sino en todo caso por otros métodos de abordaje que puedan ser en este caso mucho más humanistas.
Es evidente por tanto que la paz no es un recurso que podemos adquirir por medio de logros humanos como pueden ser en este caso las drogas sintéticas de laboratorio, ni siquiera por remedios naturales que en el caso de ser bien utilizados podrían ser incluso mucho más eficientes y al mismo tiempo inocuos que los sintéticos, aunque de consumirse por una razón lúdica en este caso podría hacerse de éstos un uso pervertido. Tampoco podemos adquirir la paz por medio de ninguna técnica de meditación o relajación trascendental y mucho menos aún por medio de otras técnicas desbastadoras al uso que se encuentren clasificadas dentro del marco de la Nueva Era. La verdadera Paz es un don del Espíritu que Dios concede a aquellos hombres que le obedecen y que no caminan según sus antojos. Si partimos de este punto también podremos disfrutar ya en esta vida del resto de los frutos del Espíritu Santo, que según Gálatas 5, 22-23, son amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza. Estos frutos son manifestaciones del Espíritu en la vida del creyente, no son por tanto logros humanos sino dones divinos.