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El doble estigma del profeta (Experiencia de una vida sin amigos).
Dedicado especialmente a todas aquellas personas
que, sintiendo una fuerte repulsa por el pecado, están
dispuestos a hacer y en consecuencia a padecer
cualquier adversidad con tal de agradar a Dios.
Cristo por medio del sacramento del Bautismo nos hace partícipes de su triple misión como sacerdote, profeta y rey. Debido a una evidente falta de formación de un gran número de cristianos que desconocen que estamos llamados ejercer estas vocaciones, resulta ser más que evidente que para el resto de las personas que en este caso representan la inmensa mayoría en este mundo, solamente alcanzan a considerar que los profetas eran aquellas personas únicas y excepcionales que actuaron como portavoces de Dios en el Antiguo Testamento.
Desde la perspectiva psicológica sabemos que la falta de amigos no siempre indica un problema psicológico, pues a menudo es fruto de etapas de transición, intereses diferentes, preferencia personal por la soledad y yendo mucho más allá, incluso como consecuencia de la práctica de la corrección fraterna que como sabemos es un deber evangélico (Mt. 18,15-20) y una obra de misericordia espiritual. Al considerar estas razones, comprendemos que podemos vivir sin amigos íntimos, pero no sin interacciones sociales. Este resulta ser el perfil que mejor encaja la vocación profética y que a continuación trataremos de centrar toda nuestra atención.
En el contexto Bíblico del Profeta Oseas (9,7-9), anuncia la llegada de los días de castigo y retribución para Israel debido a sus iniquidades. En este pasaje encontramos la clave principal que viene a relacionar la idea de que los verdaderos portadores de la verdad experimentaban la incomprensión y en consecuencia la marginación, y esto desde una perspectiva “universal” queda mejor reflejado en las palabras de Jesús, cuando nos dice que: «nadie es profeta en su propia tierra» (Mt. 13,57; Lc. 4,24). Por ello, la expresión «loco es el profeta, loco es el varón espiritual» (Os. 9,7), era lo que el pueblo de Israel decía sobre los mensajeros de Dios debido a la gran maldad que había entre su gente. Esto se convertía en la forma más torticera para tratar de conseguir desacreditar a los profetas y a las personas inspiradas por Dios.
A lo largo de los tiempos la sociedad e incluso la misma Iglesia fundada por Cristo que sabemos está compuesta por la jerarquía eclesiástica y gran parte del pueblo fiel no ha aprendido apenas nada al respecto, por lo que, no ha dejado de hacer esta misma interpretación, lo que hace que a menudo la verdad espiritual o las advertencias divinas sean tratadas como locura por aquellos que viven en desobediencia o no quieren aceptar la corrección. De hecho, aunque no podemos hacer una aproximación estadística que pueda reflejar este espectro, existe una línea muy difusa entre la realidad que observa el hombre natural y la santidad que estos primeros suelen interpretar regularmente como locura. Esta es la experiencia del doble estigma del profeta, que viene a estar comprendida entre nuestro compromiso ardiente por Dios en nuestro caso por hecho de ser cristianos y esta locura que alcanza a entender con miras cortas el mundo, que al mismo tiempo se convierte en un revulsivo (humillación) para que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (1 Co. 1, 27-28).
La soledad es una constante en la vida de prácticamente todos los grandes profetas de la historia, ya sea por elección espiritual, por rechazo social o por el peso de su mensaje. Este aislamiento se divide generalmente en dos dimensiones: la soledad interior (comunión con lo divino) y la soledad exterior (marginalidad social). Esta realidad permanente para el profeta, desde nuestra perspectiva temporal equivale a esta marca o estigma que por lo general hace devaluar a esta persona provocando una desescalada que da lugar a los prejuicios, después la discriminación y finalmente el aislamiento.
Todos los profetas del Antiguo Testamento siguen este mismo patrón y como botón de muestra podemos examinar alguno de estos rasgos en el Profeta Jeremías. Este varón de Dios experimentó la soledad del rechazo y es conocido como el «profeta llorón» debido al profundo sufrimiento y aislamiento que le causó su ministerio.
A grandes rasgos, las causas principales del aislamiento de los profetas eran debidos a:
La función del profeta suele ser la de reformador social dentro de su pequeño o gran campo de acción, lo que lo coloca en oposición directa a las normas y autoridades de su tiempo. Su incomprensión principalmente se fundamenta en aquella «visión» que otros no perciben, lo que genera una desconexión profunda incluso con sus seres queridos. Es alguien que «siente con el corazón de Dios», lo que le hace experimentar un dolor y una carga que nadie más en su entorno comprende.
Las conversaciones o intereses cotidianos suelen perder sentido para el profeta, lo que los hace parecer «extraños» o incluso arrogantes ante los demás. Su primera lealtad es hacia la voz que escuchan, no hacia el consenso social, lo que los obliga a mantenerse en la periferia de la comunidad para no comprometer su mensaje. En resumen, la soledad del profeta no es un castigo, sino una herramienta de claridad espiritual y una consecuencia inevitable de ser un «contrapunto» a su propia cultura.
Aunque no todos los cristianos están dispuestos a atender esta llamada de Dios como es su deber ya que por lo común se suele preferir quedar bien en primer lugar con las personas y aunque la experiencia de una vida sin amigos puede resultar muy dura, esto al mismo tiempo implica tener una mayor necesidad de apoyarnos exclusivamente en Dios. Es preciso que nos concienciemos que debemos vernos desnudos de cualquier apego o seguridad que podamos tener, para evitar que nada ni nadie pueda interferir en nuestra relación con Dios y esta unidad pueda hacerse cada vez más fuerte. Así es como el profeta comienza a relativizar incluso su propia vida, para tener mayor disposición a entregarla de la manera que Dios se la demande.
Jesús, siendo Dios es al mismo tiempo Modelo entre todos los Profetas, sabemos que tuvo muchos amigos, aunque a la hora de la verdad murió prácticamente solo en la cruz. Su experiencia profunda de dolor en el suplicio provocó su completo despojo incluso de lo más querido por él en su paso temporal por esta vida que fue su Madre «Mujer, ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu madre» (Jn. 19,26-27). Esto nos puede ayudar a reflexionar que los hombres buenos suelen morir rodeados de muchos amigos, pero los hombres justos que mostraron en su vida una fuerte repulsa por el pecado no tuvieron ningún temor ni reparo a morir identificándose plenamente con el mismo ejemplo de nuestro Señor Jesucristo.