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Carta a los obispos españoles (Sobre el deseo legítimo de querer morir y la apariencia de bien de la psiquiatría)
De: Jesús del Pino Marín
Enviado: martes, 12 de mayo de 2026 12:33
Para: iev@archivalladolid.org <iev@archivalladolid.org>
Asunto: El deseo legítimo de querer morir y la apariencia de bien de la psiquiatría.
Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Luis Javier Argüello García.
Como católico converso desde hace 22 años, jamás podría justificar la mala decisión de cualquier persona que pueda terminar eligiendo el suicidio asistido o cualquier otra opción para poder acabar con su vida, tal como lo hizo Noelia. Aunque a muchas personas, como al menos sucede en mi caso, podemos llegar a comprender que en verdad no existe ningún argumento racional que justifique que esta vida presente pueda tener un valor absoluto, sino que, al menos los cristianos lo debemos de aceptar más bien como nos lo enseña Jesús: «El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará» (Jn. 12,25). Por tanto, de la misma manera que manifiesto mi completo rechazo a que el hombre pueda creerse dueño de la vida, como creyente, deseo hacer lo mismo para dejar constancia de que en este aspecto todos tenemos nuestro lado humano y que los cristianos no podemos mostrar una imagen al mundo tal como si fuéramos superhombres.
Aprovechando que ahora estamos viviendo el tiempo Pascual, san Pablo en una de sus cartas comparte con nosotros la clave que nos muestra cómo debe de ser nuestra actitud ante cualquier circunstancia adversa «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca» (Flp. 4,4-5). Para nosotros esta alegría de los cristianos se funda en primer lugar en que Jesucristo, verdaderamente ha resucitado y que en el último día aquellos que le amamos resucitaremos también con Él.
Por este mismo Apóstol, sabemos también que, «El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la ley» (1 Co. 15,56). Esta cita nos indica que la causa de nuestra muerte física y espiritual es el pecado, aunque al mismo tiempo esto nos recuerda que de forma temporal somos prisioneros en nuestro cuerpo. A pesar de que existe un fuerte lazo entre nuestro cuerpo y espíritu donde la simple idea de morir nos resulta ser lo más aborrecible para nuestra propia naturaleza humana «Y adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras» (Mt. 26,39); lo cierto es que por otro lado, la muerte nos puede llegar a resultar también apetecible «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios» (Lc. 22,15-16).
Por esto mismo que acabo de exponer, podemos afirmar que, en la misma naturaleza humana de Jesús en su Sagrado Corazón se daba también esta disputa entre su carne y espíritu, en la que por un lado deseaba estar en esta vida y al mismo tiempo tenía completamente despierto su deseo por llegar a encontrarse de nuevo con el Padre por la aceptación de su Pasión y su Muerte. Lo mismo sucede en nosotros, aunque en nuestro caso influye más nuestro propio pecado, pues aquellos hombres que tienen el anhelo de vivir esta vida como si no hubiera otra, son los que se identifican más con aquellos que se dejan llevar por los deseos de la carne y, las personas que tienen deseos contrarios porque nos gobernamos según el Espíritu, solemos tener mayor deseo de tener un encuentro definitivo con Dios, para que de esta manera podamos entrar en su descanso.
Esto se debe principalmente a ese antagonismo que existe entre nuestra carne y espíritu, tal como nos enseña san Pablo: «Frente a ello, yo os digo: caminad según el Espíritu y no realizaréis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne; efectivamente, hay entre ellos un antagonismo tal que no hacéis lo que quisierais» (Ga. 5,16-17). Este antagonismo que existe entre nuestra carne y espíritu es el principal causante de todas aquellas malas inclinaciones que suelen experimentar ciertas personas cuando en este caso desean quitar o quitarse la vida de cualquier manera.
Después de haber hecho esta breve exposición, no era mi intención limitarme a mostrar el lado más humano o la cara más amable de la muerte, tal como nos lo llegó a manifestar san Francisco de Asís en su Canto a las Criaturas: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. Ay de aquellos que mueran en pecado mortal. Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad porque la muerte segunda no les hará mal». Pues, además, aprovecho esta ocasión para poner de relieve otra realidad muy dura que también tuvo que enfrentarse Noelia en primera persona y, que de muchas maneras tanto este servidor que escribe como muchos millones de personas en el mundo nos sentimos muy identificados.
Noelia fue diagnosticada de una supuesta enfermedad mental. Con independencia a que esta etiqueta psiquiátrica y social sujeta en una mera hipótesis que se fundamenta en el juicio de una autoridad sanitaria, en este caso particular nadie puede justificar esto con pruebas clínicas, de la misma manera que sucede con el resto de las especialidades médicas. El hecho de que exista un compendio o manual de conductas supuestamente anómalas como sucede en este caso particular dentro de la especialidad de la psiquiatría (DSM-V), este tipo de consenso no anula la subjetividad del criterio humano a la hora de hacer este tipo de valoraciones que tratan de abarcar el gran misterio de la mente humana, y que como sucede en este caso particular es evidente que desde dicha perspectiva racionalista es fruto del pecado de soberbia. Con independencia al carácter etéreo de dichos diagnósticos, estos nos hacen padecer una serie de consecuencias graves por causa de los psicofármacos o drogas sintéticas de laboratorio que en verdad no “curan” nada, sino que en todo caso terminan escamoteando ciertos síntomas con el gran coste de perder parte o toda nuestra personalidad.
Esto se traduce en diversos efectos propios de estas drogas como el enlentecimiento del pensamiento, abotargamiento o “niebla mental”, problemas de memoria y atención, aplanamiento emocional, indiferencia/apatía, por no incluir una innumerable cantidad de efectos secundarios que también terminan mitigando nuestra calidad de vida. Estos efectos para nuestra salud no solamente nos quitan nuestra motivación por querer seguir viviendo, sino que además vulneran flagrantemente el artículo 5.1.c) de la Ley 44/2003, de 21 de noviembre, de ordenación de las profesiones sanitarias, el cual establece que los profesionales sanitarios tienen el deber de respetar la personalidad, dignidad e intimidad de las personas a su cuidado, debiendo respetar la participación de estos en la toma de decisiones que les afecten.
Noelia no solamente era una persona que tenía un problema físico que la limitaba, sino que también tenía otro tipo de limitaciones socioeconómicas que tampoco favorecían su «bienestar» y no su “salud mental”, que es aquella palabra talismán que tiempo atrás sustituyó a esta primera y que bajo la cubierta de dicho colectivo es evidente que de muchas maneras tratan de vendernos algo en forma de idea o producto. Ella conocía además que el otro lado de la moneda que la sociedad e incluso de forma directa o indirecta la propia Iglesia Católica le obligaba a elegir era el mecanismo perverso y opresor de la psiquiatría. La Asociación de Abogados Cristianos tuvo la buena intención de querer salvar una vida, aunque ignorando también por desgracia esta faceta perversa que se viste bajo la apariencia de bien, y que en verdad resulta ser una herramienta de control social dependiente de los poderes del Estado.
Como laico y como usuario de los servicios de “salud mental” en España que coincide desde mi momento de conversión, observo con dolor y al mismo tiempo con preocupación que ninguno de los prelados de nuestra Iglesia estén sensibilizados con esta causa para que actúen en contra la coerción, la tortura y el trato degradante de aquellos usuarios que experimentamos un gran malestar o padecimiento profundo en nuestras almas. Por esta razón he de decirle que después de bregar tanto en este mismo sentido, tengo casi plena certeza que la propia jerarquía prefiere tener un trato aparentemente amistoso por conveniencia con esta ciencia. Podemos considerar, por tanto, que ya no se hace lo posible por abordar con toda radicalidad evangélica todos los aspectos del sufrimiento humano que el Magisterio y la Tradición de la Iglesia nos enseña con toda la sabiduría de los santos, renunciando de esta manera a nuestra riqueza espiritual por el yugo de esta ciencia.
Para despedirme me gustaría compartir con Ud. una comunicación que he dirigido a la Asociación de Abogados Cristianos que, junto con mi humilde apostolado desde mi plataforma en Internet sigo haciendo lo posible por tratar de desenmascarar esta ciencia que por desgracia muchos ignoran que actúa bajo la apariencia de bien:
Enlace original: https://novaevangelizatio.org/6675-2
Se despide fraternalmente:
Jesús del Pino Marín
Tlf.: 636 75 32 59
Respuesta por correo electrónico de un psicólogo jubilado que trabajó para el sistema sanitario público.
Hola Jesús
Dices «Como católico converso desde hace 22 años, jamás podría justificar la mala decisión de cualquier persona que pueda terminar eligiendo el suicidio asistido o cualquier otra opción para poder acabar con su vida» y se puede entender.
Pero te pregunto ¿se puede entender que otra persona no esté de acuerdo y tenga la voluntad de acabar con su vida y tenga derecho a hacerlo o hay que prohibírselo?
Te pregunto también ¿has hecho el esfuerzo de entender las razones por las que alguien puede no tener el deseo de vivir, quizás estando enfermo, y considera que su vida no tiene sentido para él o ella que es la que habita ese cuerpo dañado?
Y ¿Hay que prohibir la eutanasia o suicidio asistido o el suicidio?
Y una pregunta más. ¿Los que creéis que interpretáis mejor los designios de Dios, y aunque fuera así, que seáis los verdaderos demiurgos de Dios, creéis que tenéis derecho a decidir lo que es mejor para otros?
Saludos
Buenas tardes, M.
Hacer frente a esta vida implica experimentar cambios de ánimo que en muchas ocasiones suelen ser fuertes porque el sufrimiento es inherente a nuestra condición como personas. Cuando en este caso trato desde mi insignificante ejemplo de vida romper una lanza por la vida con mis pobres medios a mi alcance, no es únicamente porque me siento comprometido con las personas que pueda o no conocer, sino por algo importante que se le escapa y muy probablemente sigue sin comprender, que es poder agradar a Dios primero.
Con independencia de que no es creyente y en el fondo sé también que no simpatiza muchas veces con la fe que profeso, me cuesta mucho asumir, en primer lugar, que como persona y teniendo además la vocación de psicólogo, no solo no tenga argumentos suficientes para poder animar a una persona que podría tener deseo de acabar con su vida, sea de la manera que sea, sino que para colmo me llegue cuestionar mi buena intención como lo ha hecho en este caso que nos ocupa. Me hace muchas preguntas que trato de responder razonablemente, pero ¿sería capaz de responderme únicamente si es el suicidio la verdadera solución a un dolor que una persona le cuesta entender porque no halla respuestas; y si no hay nadie que se preste hacer este servicio, no cree Ud. al menos como psicólogo que esto en verdad supone un fracaso en la terapéutica?
Muchas gracias.
No me has respondido a lo que te he preguntado, lo entiendo.
Me dices: “¿sería capaz de responderme únicamente si es el suicidio la verdadera solución a un dolor que una persona le cuesta entender porque no haya respuestas; y si no hay nadie que se preste hacer este servicio, no cree Ud. al menos como psicólogo que esto en verdad supone un fracaso en la terapéutica?” Creo que las personas tienen derecho a reflexionar y a valorar si su vida merece la pena en un momento dado, si esta tiene sentido, y creo que tienen derecho a decidir. Lo que sería un fracaso de la terapéutica y de la sociedad es obligar a vivir a una persona cuando la persona se encuentre en esa situación.
El problema no es de estado de ánimo, es problema de vivir. Me imagino que puedes entender que a veces la vida no merece la pena en algunas situaciones y para algunas personas, y que no todas las personas necesitan agradar a Dios, y más al Dios que otro cree. Esto no va de psicólogos, va de personas y de ayuda.
Además desde esa religión católica y otras cristianas se ha estado y se está, algunas veces, a favor de la pena de muerte; es decir quitar a otros la vida aunque estos no quieran. De hecho no veo que muchos cristianos católicos protestéis por la pena de muerte en tanto sitios. Al tanto, yo conozco a gente profundamente religiosa y catílica que ha impulsado esta ley y está a favor de la eutanasia, la ayuda en el suicidio, y lo entiende como un acto compasivo de ayuda al otro que sufre.
Saludos
Buenas tardes, M.
Si que le he respondido a sus preguntas, aunque no de una manera explícita , pues comprenda que me han parecido tan enrevesadas que en esta ocasión no lo he hecho metódicamente como en otras veces.
La única pregunta que le he hecho me hubiese bastado con responderme sí o no, pero ha tomado la opción de marear la perdiz tanto para darme una respuesta que se centra en el derecho, pero olvidándose al mismo tiempo de los deberes que tenemos como personas responsables, no solo de lo más importante que es la salvación de nuestras almas, sino de cara a otras personas que viviendo circunstancias adversas necesitan motivos que los puedan animar a seguir adelante antes que ponerse en la tesitura de terminar con sus vidas. La idea de esto que le acabo de decir es evitar lo que entendemos como «efecto dominó», pues el mal es como la broza seca en el bosque que con una chispa hace que arda todo.
Cuando agrega a esta respuesta que “Lo que sería un fracaso de la terapéutica y de la sociedad es obligar a vivir a una persona cuando la persona se encuentre en esa situación”, entiendo que a lo largo de su vida no ha comprendido hasta este momento que es la vida lo que consideramos un don y no la muerte. Debería de saber que la muerte en el fondo forma parte del fracaso del hombre caído por nuestra culpa original según el relato del Libro del Génesis.
Me sorprende en gran medida que habiendo sido psicólogo en la sanidad pública no sea capaz de razonar, cuando dice que el problema no es de estado de ánimo, sino de vivir, cuando en verdad estos factores tienen una estrecha relación.
Como toda persona sabrá que tengo mis días mejores y otros que no lo son tanto, aunque cuando trata de transmitirme su perspectiva derrotista que consiste básicamente en tirar a toalla en los momentos difíciles, me pregunto seriamente qué clase de psicólogo ha sido cuando ha estado en ejercicio. Y por supuesto que esto también va de psicólogos, pues siempre he considerado que parte de vuestro rol consiste en ayudar a gestionar los sufrimientos de las personas. Esto demuestra al menos que parte de su terapéutica fue un fracaso, ya que pudo faltarle capacidad de persuasión para poder animar a ciertas personas cuando en el dolor no hallaban respuestas adecuadas. Tampoco es que sea necesario tener un gran poder persuasivo, pues en este caso particular solo hubiese bastado tener tal como ya le he dicho en la carta anterior una buena intención que en este caso sigo apreciando que me reprocha.
Dice bien, pues como cuerpo de Cristo (Iglesia) hemos necesitado tiempo para poder madurar muchas cosas que se han hecho mal y que por desgracia se siguen haciendo, pero lo importante es que muchos nos preocupamos y tenemos la buena intención de ser agentes de cambio, como cuando en este caso se abolió la pena de muerte en el numeral 2267 del Catecismo de la Iglesia. No dudo que conozca gente que considera personalmente que es profundamente religiosa a favor de la eutanasia, la ayuda en el suicidio, y que lo entienden como un acto compasivo de ayuda al otro que sufre. Ciertamente la ignorancia e incluso dentro de la religión debe de saber que entra dentro de las posibilidades y en este caso hace tanto daño que ocasiona que otras personas ignorantes terminen aliándose a ellos, muchas veces solo para servirles como ejemplos.
Me gustaría invitarle a que pueda leer la Nota de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida: «contemplamos con profundo dolor la situación de Noelia», publicada el 26 de marzo de 2026. Es muy breve, pero creo que tiene mucha enjundia. Esta nota concluye de la siguiente manera:
«Cuando la vida duele, la respuesta no puede ser acortar el camino, sino recorrerlo juntos. Solo así podremos construir una sociedad verdaderamente justa, donde nadie se sienta solo ni descartado».
Muchas gracias.
Vaya, aunque quiero pensar que te fijas en los razonamientos y no te dedicas a juzgar a los otros, de mi dices: “ha tomado la opción de marear la perdiz”; “a lo largo de su vida no ha comprendido hasta este momento que es la vida lo que consideramos un don y no la muerte”; “habiendo sido psicólogo en la sanidad pública no sea capaz de razonar”; “trata de transmitirme su perspectiva derrotista que consiste básicamente en tirar la toalla en los momentos difíciles” y “al menos que parte de su terapéutica fue un fracaso”. Ante esto diría ¿cómo lo sabes? o ¿de dónde sacas el derecho a juzgar a otros?
Claro que pareces hablar desde ideas como “lo más importante que es la salvación de nuestras almas”; “el mal es como la broza seca en el bosque que con una chispa hace que arda todo”; “que la muerte en el fondo forma parte del fracaso del hombre caído por nuestra culpa original” ya que lo dice el Libro del Génesis; como “cuerpo de Cristo (Iglesia) hemos necesitado tiempo para poder madurar muchas cosas”, etc.
Pues bueno, los que nos estamos obligados a aceptar la palabra de demiurgos no necesitamos ese tipo de argumentos que proceden de otro ser superior o seres superiores, a los humanos, ya que nos debemos a la convivencia que reconoce y respeta a los o otros y sus puntos de vista y a la compasión ante el sufrimiento de los demás.
Dices «Cuando la vida duele, la respuesta no puede ser acortar el camino, sino recorrerlo juntos. Solo así podremos construir una sociedad verdaderamente justa, donde nadie se sienta solo ni descartado», y a veces el camino tiene un punto y final, que uno puede decidir, y también se puede acompañar al otro compasivamente en ese momento y hacer que se sienta acompañado en ese trance.
Pero bueno…
Tal como suele ser su costumbre desde que le conozco, vuelve a entrecomillar en este caso multitud de fragmentos de la respuesta que le he dado y quizá hoy más que nunca lo que hace es sacar del contexto lo que he tratado de transmitirle. Por mi parte no veo nada malo en todo esto desde el punto de origen y entiendo que, aunque aglutina de esta manera lo que parece que le sienta mal, por mi parte tengo la conciencia tranquila.
Muchas veces he tratado de explicarle la diferencia entre un juicio moral y el deber evangélico de exponer a una persona cualquier acto que pueda estar haciendo mal. Quizá lo que nunca hemos tratado es cuando una persona dice algo y la otra interpreta lo que no es y esto es muy común en las comunicaciones. Esto creo que es lo que le sucede a Ud. a menudo. No hace falta que haya sido una persona cercana a Ud. para saber ciertas cosas, pues por las conversaciones que solemos mantener podemos sacar conclusiones que pueden ser más o menos acertadas. Si no está de acuerdo en algo concreto, podemos debatirlo con calma.
Entiendo que la compasión que Ud. comprende cuando la aplica al sufrimiento hasta el punto acortar la vida de una
forma no natural no es correcta porque no sabe que parte de un amor desordenado. Lamento que le cueste comprender que cuando el hombre toma los atajos más cortos en esta vida, es una forma de engañase a uno mismo, pues el conocimiento que necesitamos para hacer frente a los momentos difíciles lo adquirimos sobre todo cuando nos ejercitamos en la paciencia. Por medio de esta virtud tal como nos dice el Evangelista san Lucas es como salvaremos nuestras almas (Lc. 21:19).
Muchas gracias.
Claro, dices que eso no es juzgar, sino que es “el deber evangélico de exponer a una persona cualquier acto que pueda estar haciendo mal”, y me da que se parece bastante a juzgar a esa persona.
De cualquier modo ¿eso de “exponer a una persona cualquier acto que pueda estar haciendo mal” no debería hacerse pidiendo permiso al otro? ¿El otro tiene que aceptar que alguien que se cree católico, y porque lo dice San Marcos, Isaías, un monaguillo santo o una santa que no come, le tenga que andar diciendo cada cuatro frases algo que tiene que rectificar (incluso sin enterarse de cómo piensa o hace)?
Pues vaya a todo…
Buenas tardes, M.
Antes de responderle de nuevo, me gustaría decirle que no se saliera más del tema que en este caso nos ocupa. Con respecto a esta carta que he dirigido a todos los obispos no debería de ignorar que tenemos puntos en común, como cuando tratamos de defender los derechos de las personas que sabe mejor que yo son vapuleadas de muchas maneras por los servicios de psiquiatría. Comprendo que no quiere fijarse en los aspectos positivos, pues lo que le interesa es sacar más punta a un lápiz que en esta conversación que hemos mantenido hasta ahora ya no da más de sí, pues bajo mi humilde opinión aprecio que sus palabras apenas tienen peso para que pueda seguir esforzándome en darle más respuestas.
No es la primera ocasión que he tratado de explicarle que el pecado es inherente a la persona, aunque como en este caso se pueda denunciar el pecado con caridad es comprensible que las personas puedan sentirse interpeladas en su conciencia, hasta el punto de considerar tal como Ud. entiende que puedo estar juzgándole como advierte de nuevo. Quédese por mi parte tranquilo, pues, aunque “le dé que se parece bastante a juzgar a una persona”, tal como le digo, no es así.
Hoy parece que se le ocurre una nueva idea para evitar lo que Ud. entiende por mi parte que es un juicio a su persona, cuando pregunta en este caso si esto ”no debería hacerse pidiendo permiso al otro”. Desde hace muchos años sabe muchas cosas de mi vida que he compartido con Ud., aunque poco sé de su persona. Aunque está en su derecho de conservarse en este anonimato y seguir en su hermetismo no piense con esto que le reprocho nada. Si le digo esto es porque no sé si habrá tenido Ud. familia propia. De ser así, le preguntaría a Ud. en este caso cuando ha tratado de corregir a uno de sus hijos, antes de hacerlo les tuvo que pedir permiso. Este mismo ejemplo se extiende por decirlo de alguna manera a todos los estratos sociales, pues si por desgracia nadie nos pide permiso para hacernos el mal ¿Por qué me pregunta si tengo que pedirle a Ud. permiso para hacerle un bien?
Esto mismo les sucedía a Jesús en el Evangelio con los fariseos, cuando Él hacía también milagros en los días de descanso sabático. Ellos también tenían el corazón muy duro, hasta el punto de que en una ocasión Jesús les recordó que, si a cualquiera de ellos se le caía un buey o una oveja a un pozo un sábado, no dudarían en sacarlo de inmediato. Por lo tanto, era lógico y permitido hacer el bien en día de reposo, ya que una persona vale mucho más que un animal (Mt. 12,11-12; Lc. 13,15-16).
Muchas gracias.