La permisión del sacrilegio en las Iglesias por parte de los sacerdotes y las consecuencias de recibir indignamente el cuerpo y la sangre de Cristo (1 Co. 11,27-29)

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La permisión del sacrilegio en las Iglesias por parte de los sacerdotes y las consecuencias de recibir indignamente el cuerpo y la sangre de Cristo (1 Co. 11,27-29)

Esta carta no tenía intención de publicarla, ya que estaba dirigida al párroco a la Pquia. de Ntra. Sra. de la Asunción dentro del ámbito privado y tenía cierta esperanza de que pudiera hacerse la corrección adecuada para las personas que en ocasiones concretas frecuentan los sacramentos de una forma indebida. Puesto que recientemente he recibido su respuesta negativa de una mala manera diciéndome que yo no voy a decirle lo que debe de hacer él y, este supuesto diálogo en concreto ha terminado para mí cuando me ha dicho finalmente que él hace lo que le da la gana, me veo en el deber de informar a cualquier interesado o persona que como a este servidor que escribe le duela este grave pecado que consienten voluntariamente muchos sacerdotes como este en la Iglesia Católica.

Estimado D. Francisco Miguel Valencia Bando.

De nuevo aprovecho esta ocasión para volver a incidir sobre un tema que quizá haya podido pensar que he olvidado o que he terminado de restarle importancia por el tiempo que ha pasado desde la última vez que me dirigí personalmente a Ud. Ahora me gustaría que pudiese reconsiderar el planteamiento que le hice en aquel momento, recordándole por escrito estos hechos y al mismo tiempo haciéndome la siguiente pregunta, que si lo permite me gustaría responderle aquí: ¿Hasta qué punto debemos de sacrificar la verdad en aras de la unidad?

Esta pegunta ha resonado con mucha fuerza en mi corazón, después de haber escuchado su homilía correspondiente al domingo 31 de mayo, que fue cuando celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. Como recordará, aprovechó esta ocasión para predicar sobre la unidad que debemos de procurar tener entre todos, centrándose en esta ocasión de forma particular en nosotros los fieles laicos, puesto que Dios es uno y Trino y trino en Uno.

Para poder responder mejor a esta pregunta, creo que debería de poner algún ejemplo práctico y si en este caso se puede ajustar a un hecho real que desde hace mucho tiempo llevo observando con gran preocupación en el culto religioso de nuestra parroquia, pues quizá mucho mejor.

Antes de exponerle esta preocupación personal a los sacerdotes de mi parroquia al término de este último tiempo de Cuaresma, he de decir que creo que sido muy prudente durante mucho tiempo, pues como podrá atestiguar mi observación se ha basado en frecuentar los sacramentos prácticamente de una forma diaria. Pero antes de darle a conocer de nuevo esta preocupación he de decir además que lo que motivó esta observación fue debido a que tiempo atrás he conocido personalmente casos de diversas personas que también frecuentaban los sacramentos los días de precepto e incluso alguna pareja que viviendo en unión libre iban juntos y a pesar de saber que no debían de comulgar, puedo garantizar que lo siguen haciendo con cierta regularidad.

El caso es que, con independencia de estos indicios, como han sido ya muchas las ocasiones que he asistido a misa de difuntos, tanto dentro del horario habitual, así como de forma extraordinaria en otros momentos, siempre me ha llamado la atención la cantidad de personas que se suelen levantar también para comulgar. En estos casos, al menos personalmente tal como ya le dije muchas personas no me resultan ser caras conocidas que pertenezcan a nuestra comunidad y que solemos ir a misa entre diario o los días de precepto. Entre las mismas también me ha resultado llamativo que mucha gente que apenas sigue la oración litúrgica o que incluso no parece que tengan la costumbre piadosa y reverente de arrodillarse ni tan siquiera en el momento de la consagración, también se levanten para ir a comulgar.  

La gota que colmó este vaso para tomar la iniciativa de comunicar esta observación a los sacerdotes que deben de reconocer que son los mayores responsables del orden de esta parroquia de nuestra Sra. de la Asunción confiada a ellos por el obispo de Huelva, fue cuando vi comulgar a una pariente muy cercana mía que quizá aprovechando que iba a una misa de aniversario de un difunto, por posible ignorancia o por querer quedar bien socialmente ante los demás se levantó también para poder comulgar. Fue entonces cuando tomé la decisión de dirigirme tanto al Ud. como al coadjutor para informarles de todas estas irregularidades.

Cuando les informé de todo esto, aproveché la ocasión para decirles que era mi deber actuar en este sentido, ya que como miembro del cuerpo místico de Cristo siento también un profundo dolor por el hecho de que Dios sigue siendo ultrajado de esta manera por los hombres. También les dije que los sacerdotes son los mayores responsables de estos sacrilegios, ya que no catequizan lo suficiente o no suelen advertir de las consecuencias de estos actos, pues así dice san Pablo: «De modo que quien coma del pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Así, pues, que cada cual se examine, y que entonces coma así del pan y beba del cáliz. Porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo come y bebe su condenación» (1 Co. 11,27-29). Esta solemne aseveración lleva consigo unas consecuencias graves para aquellos que deliberadamente no la cumplen, ya que a continuación agrega: «Por ello hay entre vosotros muchos enfermos y no pocos han muerto» (Ib. 30).

               Desde aquel momento que les informé de estas irregularidades, de forma especial he estado esperando una respuesta de su parte que es nuestro párroco, aunque hasta la fecha no hemos vuelto a tratar este asunto y es evidente que por el hecho de que no se ha tomado ninguna medida, la respuesta que recibo de esta manera es negativa.

               Tengo pleno conocimiento que al menos en muchas ocasiones cuando celebran la misa en el santuario de El Rocío, antes de proceder a repartir la Santa Comunión, sí que suelen advertir con mucho tacto y respeto a todas aquellas personas que asisten, pues sabemos que muchos son peregrinos o turistas religiosos que no se acercan al sacramento de la confesión, que es lo que les permitiría estar en estado de gracia para poder comulgar.

               Es evidente que si no hacen lo mismo en la parroquia de Almonte solo se puede deber a que esto les compromete demasiado, pues debido a la gran cerrazón de muchas de las personas de este pueblo que creen tener derechos propios para poder acercarse a comulgar sin confesarse previamente, les ocasionarían muchos problemas. Además, se entiende perfectamente que en este caso no sientan el mismo compromiso que en verdad debería de ser igual en todos los cultos religiosos cuando celebran en un lugar “ajeno”, que cuando lo hacen en un entorno de “confianza” como es en este caso el pueblo de Almonte. Se suma además otra razón que refiere a la pregunta principal que he planteado al principio, pues la respuesta que esperaba en este sentido tuve que cogerla casi en forma de indirecta este domingo pasado.

               Cuando estuvo predicando este día, dijo que para mantener la unidad tenía que ponerse en muchas ocasiones ante los demás un “puntaco” en la boca, justificando al mismo tiempo que, no es que no quisiera hablar de ciertas cosas ⸺entiendo que incómodas⸺ porque tuviera miedo o fuera un cobarde, sino porque era más conveniente actuar de esta manera. Este comentario se me quedó clavado, ya que tiempo atrás recordará que cuestioné su autoridad que tenían sobre esta parroquia por el hecho de negarse a pedir a ciertos fieles mayor respeto y silencio en este lugar sagrado, que es donde habita la presencia de Dios en el sagrario. Por aquel entonces me pareció necesario decirles por esta razón en concreto que no tenían valor y como apreciaba que no reaccionaban ante esta interpelación, también les llegué a decir con mayor parresia que eran unos cobardes.

Ahora la cuestión que nos ocupa es discernir hasta qué punto resulta ser conveniente callar o guardar silencio, es decir, reservar la verdad que en este caso se encuentra en las Sagradas Escrituras con el fin de poder favorecer la unidad entre las personas que frecuentamos la asistencia a la misa, tal como lo llegó a justificar en su homilía. Si nos servimos del ejemplo práctico que le acabo de plantear en esta segunda ocasión por escrito como un problema que nos debería de preocupar a todos los católicos practicantes, creo que no cuesta demasiado llegar a la conclusión que cuando la verdad de la Sagrada Escritura no está integrada en un grupo de personas, esta  unidad no podrá ser auténtica, pues en todo caso solo podrá ser aparente o en el mejor de los casos falsa. Digo en el mejor de los casos porque la falsedad muchas veces no supone un problema, ya que cuesta menos distinguirla de la verdad, pero cuando la unidad es aparente como sucede en este caso, nuestro deber es hacer una denuncia, y esto puede suponer en ocasiones tener la predisposición de implicarse de la misma manera que lo hizo Jesús cuando se tuvo que enfrentar con los judíos, especialmente con los fariseos y escribas.

Puesto que esta unidad aparente se asienta precisamente en esa paz que da el mundo, no existe mejor remedio contra este tipo de hipocresía que no temamos la posibilidad de exponernos al conflicto o la confrontación por el hecho de tener que experimentar cualquier adversidad o prueba, pues esto también forma parte del combate espiritual que estamos llamados «mi justo vivirá por la fe, pero si se arredra yo le retiraré mí favor» (Hb. 10,38). Esto implica al mismo tiempo la necesidad de tratar de interpelar con fuerza las conciencias con la Palabra de Dios «No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada» (Mt. 10,34). Lo cierto es que nosotros los cristianos no solamente busquemos solucionar nuestros problemas dirigiéndonos a Dios con la oración, sino también con la acción apostólica y siendo nuestro mayor objetivo velar por la auténtica paz y la unidad entre los hombres, el Señor nos puede pedir para esto también nuestro sacrificio voluntario tal como lo hizo Él en la cruz, pues sabemos que esto fue también necesario para poder unir con su sangre a los judíos y gentiles (Ef. 2,11-16).

Si este escrito tiene su importancia, es porque creo que podría ayudarle a rectificar en primer lugar a Ud. que es nuestro párroco de esta idea errónea que justificó en su homilía el domingo pasado, ya que, ni por prudencia y con menos razón por conveniencia debemos de sacrificar la verdad en aras de esta unidad aparente que se encuentra muy presente de una forma especial entre las personas que asisten a las misas que se ofrecen por los fieles difuntos. Si aceptan un consejo, apóyense también en el ejemplo de san Pablo, que como sabemos tanto en persona como en sus mismas epístolas hablaba muy a las claras a todas aquellas comunidades que había fundado y que con frecuencia se desviaban del Camino. En este mismo aspecto, como ya saben el Señor le dijo al Apóstol en una visión: «No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal» (Hch. 18,9-10).

En un principio no me planteo hacer otra cosa que ponerlo en sus manos con la esperanza de que pueda servirles de reflexión, para evitar en primer lugar que se siga haciendo este daño al Señor y también por todas aquellas personas posibles que comulgan y que no conocen las graves consecuencias que pueden padecer cuando lo hacen sin las debidas disposiciones.

De momento no me planteo hacer nada más, pues si me encuentro de nuevo con otra negativa, tampoco va a servir de nada informar de todo esto al Sr. obispo, ya que me va a ignorar de la misma manera que lo lleva haciendo durante tres años seguidos por otras razones que están debidamente registradas en la página web que administro donde considero que hago un humilde servicio a la fe. 

De cualquier modo, me gustaría tener la conciencia tranquila de que por mi parte hice todo lo posible para poder agradar a Dios

Se  despide en esta nueva ocasión a la espera de una posible respuesta: Jesús del Pino Marín

En Almonte a 4  de junio de 2026

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