La necesidad apremiante de vivir la LOCURA para poder emprender con autenticidad la NUEVA EVANGELIZACIÓN en el mundo.

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La necesidad apremiante de vivir la LOCURA para poder emprender con autenticidad la NUEVA EVANGELIZACIÓN en el mundo.

En esta reflexión se abordan diversos puntos clave que justifican la necesidad de vivir el amor loco por Jesús, para poder emprender la Nueva Evangelización en el mundo. Cualquier impedimento que se oponga a la locura dificultará aún más la posibilidad de que puedan surgir nuevos servidores que estén dispuestos a trabajar en la Iglesia por su necesaria reforma y renovación.

Es muy posible que pocas personas hayan podido plantear que existe una necesidad apremiante para que todos los cristianos podamos dar rienda suelta a la locura con el fin de poder emprender de verdad la Nueva Evangelización en el mundo.

Poder hacer esta afirmación por el simple hecho de que la palabra o más bien el concepto de «locura» también tiene una connotación negativa y con mayor razón por estos tiempos recios que corren, es valga la redundancia, una locura. Aunque si es necesaria la locura para poder emprender la Nueva Evangelización se debe en primer lugar porque este estado de nuestra mente o alma nos permite salir de aquellos límites que marcan los estereotipos sociales de la «normalidad» y la «anormalidad», que es lo que viene a definir por consiguiente las respectivas diferencias entre “sanos” y “enfermos”. Aunque si nos remontamos a los orígenes del cristianismo estas etiquetas sociales que el mundo ha inventado a su conveniencia han sido asumidas por nosotros como un signo de identidad que incluso daban también una garantía de nuestra autenticidad. Así lo afirmaron los españoles antes de llegar a levantar la catedral de Sevilla:  «Construyamos una iglesia tan hermosa y tan magnífica que quienes la vean terminada piensen que estamos locos». Solo cuando vivimos con radicalidad el Evangelio cambia nuestro estado psíquico para que podamos salir de los límites que nos permiten expresarnos con toda libertad interior, es decir con parresia. La salida de los estos límites estandarizados por parte de un cristiano además de ser una garantía de que vivimos con autenticidad nuestra fe, al mismo tiempo es un signo de que nos hemos comprometido seriamente con Dios.

            Con respecto a estas etiquetas sociales que acabamos de exponer podemos decir que se originan de un grave error epistemológico dentro del argot médico y por lo común son aquellas que actúan a modo de resistencias que vienen a confundir al cristiano hasta el punto de llegar a acomplejarle y finalmente hundirle en una vida mediocre, por lo que también apremia saber diferenciar entre las dos posibles clases de locura; una buena y otra mala. La buena es aquella que podemos adquirirla a base de machacar nuestro ego, la soberbia, la vanagloria, el amor propio y la seguridad que podemos tener en nosotros mismos u otros medios humanos con el martillo de la humillación. La mala es aquella que omite o hace todo lo contrario a la primera y que viene a ser la locura que en este caso caracteriza al mundo. Es necesario que podamos saber que la locura mala crea un desorden interior y la buena es aquella que crea con el tiempo el efecto contrario y por este orden interior el hombre encuentra en sí la fuente de la virtud.

Es la aceptación de esta locura buena la que derriba el sofisma del modelo biologicista en esta ciencia en gran parte hipotética que conocemos como psiquiatría. Por tanto, no es el factor biológico el que nos hace experimentar esta locura, pues su verdadero condicionante resulta ser la apertura paulatina o repentina de nuestro entendimiento fundamentalmente por las razones que ya hemos expuesto. La locura viene a ser una forma de expansión o transformación de la conciencia y esta plantea preguntas profundas sobre la naturaleza de la realidad y la experiencia humana. Cuando hablamos de la locura en estos términos nos referimos concretamente a experiencias que son transformadoras, como aquellas que desafían nuestra percepción habitual de la realidad, las experiencias místicas, las crisis existenciales o las situaciones límite, que nos llevan a una transformación profunda de cómo entendemos el mundo y a nosotros mismos.

Todos los locos han experimentado la soledad por ser personas incomprendidas aunque este desierto casi autoimpuesto por sus acciones locas podríamos decir que han sido las únicas personas que con la ayuda de Dios han sido capaces de generar un cambio radical en la sociedad. Cuando han podido experimentar incluso las virtudes en grado heroico estas personas han sido reconocidas desde tiempos inmemoriales como santos. Por causa de su transparencia, no podían evitar ser una molestia e incomodidad para aquellos que no vivían como ellos en esta claridad, pues su estilo de vida no solamente movía e increpaba a las conciencias, pues además su estilo de vida era un continuo cuestionamiento con respecto a aquellos otros que vivían de espaldas a Dios o vivían con tibieza su fe.

Si hacemos un uso práctico de aquel término que en un principio viene a ser un neologismo, en resumen, podríamos afirmar a su vez que la «locofobia» es otro tipo de xenofobia que en este caso no solamente es aquella que resulta ser la más encubierta de todas, sino la más incisiva. La locofobia en sí viene a ser una reacción directa contra aquellas personas que manifiestan una gran libertad interior, por lo que considerando esta cualidad encontramos a su vez una relación directa con otro tipo de xenofobia que es la «cristofobia». Podemos afirmar que ambos fenómenos son recíprocos por un  sentimiento común que en este caso resulta ser desordenado y que hace subestimar o infravalorar a otras personas inclinando al hombre a cometer tanto el acto de estigmatizar como de discriminar y éste resulta ser al mismo tiempo la altivez, el orgullo y la soberbia. Las personas altivas, orgullosas y soberbias que de muchas formas que estigmatizan y discriminan a los locos lo que tratan de hacer a efectos con mayor o menor conciencia es desprestigiar su uso de la razón y por causa de su ignorancia subestiman o infravaloran sus pensamientos y por consiguiente también nuestras acciones.

Por estas razones se hace preciso resaltar que la misión del cristiano no es acabar con la locofobia o la cristofobia, sino que nuestro deber inmediato es aproximarnos o integrarnos en esta locura, pues en el caso de que no aceptar esta condición estaríamos viviendo en una contradicción ya que san Pablo nos dice que no debemos de amoldarnos a este mundo, sino más bien que nos transformemos por la renovación de la mente, para que sepamos discernir la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto (Rm. 12,2). Esto no significa que no debamos de trabajar para que este tipo de xenofobia pueda ser también perseguida por la justicia, pues para poder alcanzar este objetivo antes debemos conseguir permear un sentimiento de culpa en la conciencia social, por lo que se precisa más que nunca que podamos ser luz en medio de esta gran tiniebla que es la ignorancia la cual impide al hombre reconocer este acto que resulta ser un delito más que también debería de ser penado por la justicia.  

Después de lo que acabamos de exponer, quizá no se termine de comprender el alcance de la importancia de tener que vivir la locura y al mismo tiempo la necesidad de tener que defender a los locos. En resumidas cuentas, las personas que hemos perdido todo por la causa de Cristo no podemos ejercer nuestra vocación profética para anunciar con denuedo la Palabra de Dios y denunciar sin miedo las injusticias, pues de actuar de esta manera sabemos que seremos otras víctimas más de las sujeciones químicas y cárceles donde somos aislados por completo que son los psiquiátricos y donde termina encadenándose nuestra voz (Mt. 11,2-14; Hch. 16,26-33; Ef. 6,20).

 Ante esta circunstancia es verdaderamente lamentable que la mayoría de los cristianos no comprendan la importancia de tener que luchar por liberar a estos cautivos (Is. 58,6; Is. 61,1; Lc. 4,18; Hb. 13,3), pues en la medida que sigan existiendo esta clase de barreras tácticas por parte de los poderes, más difícil tendremos los cristianos poder llegar a la plena manifestación de los hijos de Dios (Rm. 8,19). Por estas razones es perentorio que los cristianos seamos plenamente conscientes de que encontrándonos ahora en minoría aunque con plena disposición a comprometernos verdaderamente por la causa de Cristo, ya no podremos organizarnos para defender una causa justa como hasta ahora lo habíamos hecho, pues desde este momento lo que precisamos es del compromiso individual y valiente de aquellas personas que estén dispuestas a ser como el rey David, que por causa de su amor loco por Dios no tuvo miedo a luchar contra aquel gigante que en su caso su nombre era Goliat.

Partiendo de todas estas premisas es ahora cuando podemos concluir diciendo que  siendo este un asunto tan importante que debería de preocuparnos a todos los cristianos que con mayor o menor consciencia se preguntan con frecuencia sobre la razón de porque no hay apenas en la Iglesia personas más comprometidas y valientes que defiendan las causas justas, viene a ser precisamente por estas barreras tácticas de los poderes a los que ya hemos hecho referencia. Es necesario que valoremos con plena objetividad que este asunto nos debería de preocupar a todos, pues si no defendemos esta causa, los cristianos vamos a seguir estrangulados por esta sociedad opresora, lo que dificultará aún más la posibilidad de que puedan surgir nuevos servidores que estén dispuestos a trabajar en la Iglesia por su necesaria reforma y renovación, por lo que debemos de reconocer que para esta encomienda un cristiano debe de estar loco, muy loco.

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