Dirección:
Almonte (Huelva)
Disponibilidad completa:
E-mail: buenanueva@hotmail.es

!Ha resucitado un sacerdote de antaño
para las fiestas del patrón de Almonte
el día 29 de junio de 2026¡

Antes de comentar esta noticia de última hora que muy pocas personas conocen aún, he de decir que muy pocos se sorprenderían hoy de este gran milagro, pues ya lo dice Jesús en la parábola del rico y Lázaro (Lc. 16,19-31).
Cuenta esta parábola que mientras el pobre Lázaro disfrutaba estando en el seno de Abrahán y el rico que estaba en el infierno por no haber compartido su pan mientras banqueteaba con los suyos y Lázaro pasaba hambre en vida, el rico desde las llamas del infierno rogaba a Abrahám que resucitase a un muerto para evitarles aquel tormento también a sus hermanos. Abrahám le responde al hombre rico que no es necesario enviar a alguien de entre los muertos para advertir a sus hermanos, ya que estos tienen a Moisés y a los profetas.
Por otro lado, también quisiera centrarme en la foto de portada de esta entrada del Blog, que capta la pésima asistencia, ya no de fieles habituales de esta parroquia dos minutos antes de comenzar la santa misa, sino también la de aquellas personas que por desgracia abandonaron su fe en este pueblo como en tantos otros dentro de nuestra geografía. Este día la Iglesia celebraba la solemnidad de san Pedro y san Pablo, que son nada menos que las dos grandes columnas de la fe de la Iglesia, por tanto, se supone que debería de ser un día significativo para cualquier cristiano.
La homilía del sacerdote en este día se centró al principio en la importancia de la transformación ejemplar del Apóstol Pedro, aunque previamente este clérigo ya nos recordaba tal como dijo en otro momento, que íbamos a ser pocos los que asistiésemos a misa en este día. Sabiendo esto, me pregunté por qué razón no orientó su predicación en este grave problema, lo que al parecer dio a entender que esto no tuviese apenas demasiada importancia. Fue en este momento cuando tuve un pequeño fogonazo que me hizo pensar qué hubiese dicho un sacerdote de antaño si hubiese visto aquella estampa, mientras proseguía el otro con su homilía. De esta manera fue cómo el Señor obro el milagro de resucitar en mi pobre corazón a este sacerdote muy probablemente conocedor de los tiempos pasados de este pueblo.
Mi imaginación me llevó a ver a un sacerdote con su sotana bajo su casulla subido al ambón. Por su palabra encendida como antorcha lo primero que se me pasó por la mente fue que no estaba subido aquel lugar privilegiado para caer bien a los demás, ni tampoco para “hacer amigos”, sino para predicar la verdad con la misma rudeza y aspereza que la transmite Jesús en el Evangelio. Alguno se preguntará, pero ¿decía la verdad con caridad? Si, aunque esta relación caridad-verdad frente a la casi inminente probabilidad de que este sacerdote perdiera aquellas almas que le había confiado el Señor, para él lo más importante en aquel momento era hablar y no callar «No temas, sino habla y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno pondrá sobre ti la mano para hacerte mal» (Hch. 18,9-10). Este fue el primer signo que me hizo comprender su gran celo apostólico por las almas.
Dijo que echaba de menos a muchos fieles que habían abandonado su fe por excusas baratas, como, por ejemplo, porque los sacerdotes les habían quitado la fe o por cuestiones de poder en la alta jerarquía, los cuales muy probablemente Dios les espera muy pronto para poder pedirles cuenta de las minas de oro que a cada uno les confió (Lc. 19,11-27). Sobre estos últimos que se justificaban de esta manera decía que jamás tuvieron una fe auténtica.
Cuanto me gustó la primera comparación que hizo este sacerdote cuando pudo apreciar la poca participación de los fieles a esta santa misa y su visión privilegiada que le había dado Dios desde el cielo estas últimas décadas. Me demostró su gran valor cuando dijo que unos días más tarde a esta misa inaugural de las fiestas de este pueblo dedicadas a nuestro patrón que es san Pedro, abarrotarían la carpa que monta el Ayuntamiento de Almonte en El Chaparral para muchas personas mayores, en la que a cambio de soportar una charla del alcalde D. Francisco Bella, serían como otros años compensados con una comida gratis. Comparó a muchas de estas personas bautizadas con Esaú, el hermano de Jacob, que como sabemos vendió su primogenitura que en este caso supo relacionar con la fe de estas personas por un plato de lentejas (Gn. 25,29-34) . También recuerdo que dijo que, de estas personas, muchas deberían de ocupar un lugar en esta foto.
Al parecer no se quedó del todo conforme este sacerdote después de esta primera exhortación, cuando comenzó a interpelar aún más las conciencias de todos los fieles que estábamos escuchándole, pues después se dirigió especialmente a las personas que formaban parte de la Pontificia Hermandad Matriz de Almonte que es la dueña legítima de las reglas, cultos y la propia imagen de san Pedro Apóstol.
Dijo que la mayoría de estas personas eran cristianos de quita y pon, de la misma manera que lo hacían con sus medallas, que solo las usaban como distintivo, pero únicamente dentro del ambiente eclesial y una vez al año en ocasiones concretas. Decía que prácticamente todos los laicos se han desacralizado también de esta manera, renunciando incluso a llevar una cruz visible en el pecho. Exponía algunas razones que han dado lugar a esta renuncia también en lo externo de la mayoría de los cristianos en la sociedad, pues decía que cuando se actuaba de esta manera tratábamos de evitar ser ciudadanos de segunda, por no querer sentirnos acomplejados o ridículos por esta razón ante una sociedad radicalmente laicista y que en último término no queríamos vernos expuestos a posibles persecuciones. Hizo breves comentarios sobre la falta de cohesión entre las hermandades, pues solo se apoyaban unas a otras mandando pequeñas representaciones de personas a sus funciones principales para cumplir y evitar que por esta falta de unidad entre nosotros todo esto fuese más escandaloso.
Después, algo que también me llegó al corazón fue su denuncia profética desde aquel ambón, cuando preguntó a los fieles por qué razón no reconocían apenas nadie la presencia real del Santísimo reservado en el sagrario al entrar a este santo lugar. Que por qué hemos perdido el sentido de la piedad, el respeto y la reverencia a Dios cuando ya ni siquiera a los niños las catequistas y como responsables primeros los sacerdotes, no les enseñaban al menos a hacer una genuflexión al entrar a la Iglesia o al pasar siempre por delante del sagrario o antes de subir al presbiterio. Decía que de esta manera se explicaba la razón de porqué tantas personas e incluso de misa diaria metían el ruido de este mundo en esta casa de oración «Y les dijo: «Está escrito: “Mi casa será casa de oración, pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos”» (Mt. 21,13), especialmente antes de la preparación de la santa misa y después, ya que también han perdido la noción de que es un momento especial para dedicárselo a Dios, para poder hacer una acción de gracias por el hecho de haberle podido recibir recientemente. Puesto que consideraba que esta actitud por parte de esta mayoría era una forma de exaltarse ante Dios, nos recordó aquellas palabras de Jesús: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mt. 23,12).
Cuando tuvo el valor de poner a casi todos en evidencia porque tenían abandonados al Santísimo en el sagrario, puesto que siempre tenían excusas para evitar ir hacerle compañía en lo posible un rato todos los días o tener completamente abandonada la práctica de la adoración al Santísimo todos los jueves antes de la santa misa, no tuve duda de que efectivamente era un hombre de Dios. Preguntó dónde estaba en estos momentos la comitiva de la Pontificia Hermandad Matriz de Almonte, que al parecer solo se acordaba de estar delante del sagrario cuando tenían un sillón cómodo para las misas de Sabatina los últimos sábados de mes, entre otras hermandades afines que deberían de ser las primeras en dar ejemplo al resto de los fieles. Al término de esta reprimenda me pareció muy razonable y sencilla su pedagogía cuando dijo que no podemos saber bien a quien recibimos en la Sagrada Comunión, sin que antes no tengamos previa disposición de adorarle como es debido.
Su sermón fue relativamente corto, pero muy sincero, tanto que cuando estaba predicando ciertas personas se miraban entre ellas casi extrañadas pensando que de donde había salido aquel sacerdote, pues haciéndose muecas algunos daban a entender que era un desequilibrado y un intolerante, que es ahora como llaman a las pocas personas que no tienen ningún miramiento ni respeto humano para decir la verdad, incluso aunque les cueste su propia libertad en muchos sentidos. Pensé que de esta manera este hombre de Dios buscaba volver pronto a encontrar descanso en su sepulcro. De haber sido uno de los otros, hubiera habido fieles que habrían interpuesto su queja al obispo ordinario, para después imponerle penas canónicas con la suspensión del estado clerical y sueldo, que ha sido la forma que no pocos obispos han conseguido amedrentar a sus colaboradores quitándoles su libertad evangélica para poder predicar con parresia, convirtiéndose de esta manera muchos de ellos en pastores asalariados (Jn. 10,12-13).
La misa aquel día terminó y me pareció muy corta, pero el sermón no me dejó indiferente como la mayoría que suelo escuchar y como reflexión personal me hizo pensar que, a la hora de actuar de cara al mundo, solo hay dos tipos de cristianos que también están representados en la figura de los sacerdotes. Estos dos casos se presentan incluso como una aparente contradicción en la sagrada Escritura y quizá por esto suela ser objeto de una mala interpretación que en este primer caso se llega a asumir para evitar problemas con los demás:
1.) Aquellos que tratan de agradar en todo a los demás: «Yo también trato de complacer a todos en todo lo que hago. No hago solo lo que es mejor para mí; hago lo que es mejor para otros a fin de que muchos sean salvos» (1 Cor. 10,33).
2.) Y, por otro lado, se encuentran aquellos que prefieren agradar antes a Dios que a los demás, a pesar de saber que esto les va a acarrear problemas de persecución: «Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres, o la de Dios?, ¿o trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo» (Ga. 1,10).
Esta fue la conclusión a la que pude llegar con la ayuda del sermón de aquel sacerdote que no he vuelto a ver, pues entre estos aspectos clave que podemos leer en estas dos citas paulinas aparentemente contradictorias, se encuentra la diferencia entre aquel cristiano semejante al metal precioso y aquel otro que es como la ganga.
Fuente: https://novaevangelizatio.org/7518-2/
Jesús del Pino Marín (Aspirante a siervo inútil, por la gracia de Dios)