La necesidad de rezar, para que Dios envíe sus obreros a la mies y su correlación con la liberación de un hombre poseído por un demonio mudo.

Spread the love

La necesidad de rezar, para que Dios envíe sus obreros a la mies y su correlación con la liberación de un hombre poseído por un demonio mudo.

Yo me dije: «vigilaré mi proceder,
para que no se me vaya la lengua;
pondré una mordaza a mi boca
mientras el impío esté presente.»
Guardé silencio resignado,
no hablé con ligereza;
pero mi herida empeoró,
y el corazón me ardía por dentro;
pensándolo me requemaba,
hasta que solté la lengua. (Sal.38,2-4)

Este martes día 7 de julio, las lecturas de la liturgia correspondían al pasaje donde el evangelista san Mateo relata en primer lugar la curación basada en un exorcismo de un hombre poseído por un demonio mudo. Este suceso hace despertar admiración por parte de la gente humilde y sencilla, aunque, por otro lado, también despierta la malicia por parte de los fariseos, para tratar de evitar de esta manera la incomodidad que les supone la verdadera bondad de Jesús.

Continuando con este exorcismo que en un principio adquiere carácter de curación , el evangelista nos sigue contando que Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y dolencia. Concluye este evangelio relatando la perspectiva de Jesús por aquel entonces, tal como sucede también en nuestro tiempo, es decir, viendo a las ovejas extenuadas y abandonadas «como ovejas que no tienen pastor». Por esta razón nos pide nuestra colaboración, para que en primer lugar oremos y de esta manera nos mande obreros a su mies, porque «la mies es abundante y los obreros pocos»  (Mt. 9, 32-38).

El sacerdote este día en su homilía estuvo muy atinado al exhortarnos que los obreros a los que se refiere el Señor no son únicamente aquellos sacerdotes, religioso/as o misionero/as en ejercicio, sino la carencia de hombres que por desgracia no hablan de Dios a otros hombres. La cuestión es que quizá no supo ver también la interesante correlación entre el exorcismo de este hombre mudo, con la enseñanza, que es un acto que directamente implica la necesidad de hablar en este caso de Dios y aquella otra necesidad de tener que orar para que nos pueda enviar sus hombres a su viña y a sus sembrados.

No debemos de tener duda de que sabiendo que somos más de mil millones de cristianos en el mundo, con este exorcismo Jesús tuvo también la excelente ocasión de denunciar y por otro lado advertir con antelación aquello que muchos que tendrían fe terminarían practicando a lo largo de los tiempos, bajo la imagen de este hombre poseído por un demonio mudo.

Por poner un ejemplo, todos los fieles laicos deberíamos de sentirnos llamados a interpelar en primer lugar a aquellos sacerdotes que por desgracia padecen este gran mal, pues, como referencia, podemos aprender por ejemplo del Profeta Isaías, que en este caso compara a los líderes espirituales y «atalayas» (guardianes) de Israel con los “perros mudos”. Ante esta realidad habría que tener en cuenta que un guardián debe ladrar para avisar si viene un peligro para advertir a la gente sobre el pecado y las malas acciones. Esta comparación representa en definitiva un símbolo de alguien que ignora su responsabilidad de proteger o advertir a los demás.

Urge hablar al mismo tiempo de la responsabilidad de proteger y advertir a los demás que también tenemos todos los bautizados que al menos hemos dado algunos pasos firmes que confirman nuestro compromiso con Dios. Lamentablemente muchas personas que frecuentan los santos sacramentos sin ir más lejos y como botón de muestra en este mismo pueblo de Almonte, no se han molestado en leer y meditar la Sagrada Escritura ni tan siquiera una sola vez en su vida. Entonces, ¿Cómo van a poder hablar de Dios a los hombres y defender su fe si no conocen de primera mano a Jesucristo? De esta manera es evidente que estas personas eviten quedar expuestos ante el mundo, aunque de una una manera completamente negligente, ya que sabemos que esto implica ser enviados como corderos en medio de lobos, tal como nos lo anuncia Jesús en el Evangelio (Mt. 10,16).  

La moraleja de esta situación casi en general es que, si los cristianos no nos tomamos demasiado interés en formarnos un mínimo para poder desenvolvernos en medio de los peligros de este mundo, de la misma manera que los buenos sacerdotes nos dicen que el mejor exorcismo es una buena confesión, terminarán siendo poseídos por otros demonios mudos, tal como sucede de una forma escandalosa en la actualidad.

Lo cierto es que, ante esta necesidad que siempre ha habido de hablar al hombre de Dios y también hablar del hombre a Dios, podemos equivocarnos especialmente de palabra y de obra, tal como lo hacemos cualquiera todos los días, «porque siete veces cae el justo» (Prov. 24,16). Deberíamos de pensar, por tanto, que efectivamente es natural que podamos sentir temor en nuestro camino por esa probabilidad de terminar mucho peor que aquellos que ahora más necesiten conocer a Dios, pues «Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero» (Mt. 12,43-45). Ante esta probabilidad, siempre tendremos la ocasión de rectificar y sanar nuestra alma por medio del sacramento del perdón.

Decir además que, tras aquellas tentaciones de estar siempre expectantes ante cualquier novedad, como ese mal síntoma de este mundo que se debe a la necesidad natural del alma de querer contemplar la eterna novedad que es Dios mismo y también del desorden provocado por el pecado original por querer tener más, por ser más o estar bajo la piel de otras personas, se esconde el rostro de mil y un pecados. Si lo pensamos bien, estas banalidades nos hacen perder demasiado el tiempo, que en verdad no vale oro, tal como erróneamente piensa el hombre de este mundo, sino salvación. Por esta sencilla razón, quien aún no conozca a Jesucristo tal como decía san Jerónimo cuando se dirigía a aquellas personas que no conocían las Escrituras, debería de dedicar una parte de su tiempo al día para leerla, meditarla e interiorizarla y lo que es más importante; tratar de ponerla en práctica por su propio bien y por el de aquellos que también le rodean.

Es de esta manera como comienza la boca del hombre a rebosar de verdad, es decir, cuando tenemos la abundancia del corazón (Lucas 6,45) por la misma inhabitación de la presencia de Dios, para poder hacer frente de esta manera a los que hacen frente y que con mayor o menor consciencia se han constituido junto con nuestro Enemigo del alma en enemigos de Dios.   

               Como conclusión de esta breve reflexión, es necesario que podamos considerar dos aspectos clave que nos pueden animar a que se nos suelte la lengua para poder servir y agradar de esta manera al Señor y para evitar a su vez un cese en esta necesaria actividad evangélica. En primer lugar, hay que decir que el hecho de poder hablar con toda transparencia, sin tapujos, es un síntoma del alma que denota en nosotros una excelente salud espiritual. Y por otro lado, decir que al implicar esto una mayor actividad intelectual y especialmente espiritual, lo más recomendable será que podamos rectificar con mayor frecuencia nuestras intenciones en el confesionario, pues al tener el santo atrevimiento de hacer lo que otros no se proponen con la ayuda de Dios, fácilmente podríamos estar pecando de presunción, vanagloria y orgullo. Y si a pesar de todo esto nos siguen agitando nuestras ansiedades y nos turba la voz del enemigo (Sal. 54, 3-4), todo lo que experimentemos interiormente podrá ser muy útil más adelante para ayudar a otros hermanos que necesitan estas luces nos da el Señor para poder seguir caminando juntos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *