Testimonio de conversión

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¡Ojalá me toleraseis un poco de locura! Sí, toleradme (2 Co. 11,1).

1. Prólogo

Conozco a Suso desde hace años y le acompaño en su camino de fe. Por eso accedo gustoso a escribir estas palabras a modo de prólogo de sus escritos y reflexiones.

Abarcan mucho campo. Hay un primer elemento de autobiografía que es útil para entender de donde nace todo lo demás. El deseo de Suso es mostrar como en él ha vencido la misericordia de Dios haciéndole libre y dándole el deseo de luchar por la libertad de todos.  De todo se sirve Dios para hacer su obra y sacar un bien más grande. Puede resultar llamativo que cuente con normalidad la vida disoluta que ha llevado y no tenga reparos en compartir que ha estado varias veces internado en un psiquiátrico. Para algunos esto sería motivo suficiente para no prestarle ninguna atención. Con esta actitud podrían perderse algo importante.

Si algo tengo claro en mi experiencia de sacerdote es que Dios es mucho más grande y misericordioso que nosotros y sus caminos no son los nuestros. Cuando leemos en el evangelio y en las cartas de Pablo que Dios escoge lo necio del mundo y lo humilde (1 Co 1, 27) siempre tendemos a interpretarlo vaciando en gran parte la verdad de esas palabras. Estoy convencido que a través de Suso Dios puede hacer mucho bien a muchas personas.

Suso es, ante todo, un cristiano que busca la gloria de Dios y que desea dar a conocer a Cristo a todos los hombres. Él es consciente de su debilidad, pero es también consciente de la misericordia de Dios y con audacia confía en él.

Yo personalmente le he animado a compartir todo lo que vive consciente de la utilidad de los medios de comunicación. Leer sus escritos es, de algún modo, poder conversar con un amigo que tiene interés en cambiar el mundo.

En los escritos de Suso encontramos también diversidad de reflexiones. No hemos de buscar grandes teologías. Él no es ni pretende, ser un erudito o un profesor. Es, simplemente un cristiano, un, como le gusta a él remarcar “loco por Dios”. Bendita locura cuando se ofrece para gloria de Dios.

Debo decir, para aclarar las cosas, que Suso escribe a título personal. Como cristiano tiene todo el derecho de hacerlo. Sus reflexiones no son, lógicamente, expresión del Magisterio o de la doctrina de la Iglesia. De algún modo yo hago tarea de censura para que no se digan cosas contrarias a la fe.

Está entregado en cuerpo y alma a la tarea de mostrar la “belleza de la cruz”, símbolo de la libertad. Su incursión en el campo de las matemáticas (matemáticas místicas) es, cuanto menos, sugerente y es una invitación a mirar la realidad desde un horizonte más grande.  Sus ponencias al respecto en varios congresos han suscitado el interés de algunos científicos y han abierto la mente a muchas personas que, gracias a estas reflexiones, pueden acercarse más a Dios.

Detrás de todo esto está el deseo de libertad, el don más grande que Dios nos ha dado. En un mundo esclavizado por tantas cosas, se agradece que alguien luche apasionadamente por la libertad.  Uno podrá no estar de acuerdo en algunas cosas, pero se le ofrece un diálogo, una propuesta de una vida más hermosa y eso siempre tenemos que valorarlo. A este respecto Suso nos da ejemplo de valentía e interés.

Llama la atención la implicación personal de Suso. Él es consciente como Pablo de que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rm 5,20), y es esa experiencia de misericordia la que quiere ofrecer.  Desde ahí tiene la sencillez de contar su autobiografía y de “confesar” sus pecados para poder ayudar a los demás a no caer en lo que el cayó e invitar a todos a acudir a la misericordia de Dios. Sólo quién reconoce su pecado y se arrepiente puede experimentar el gozo y la liberación del perdón y la misericordia del Padre.

Me consta que Suso desea, ante todo, servir a Jesucristo, seguirle, configurándose con él, dispuesto a sufrir por él y con él. Tiene una vida espiritual seria, cuidando la oración, la vivencia de los sacramentos y la formación. Se sabe hijo de la Iglesia a la que “somete” todo lo que hace.

Os invito a acercaros a su página web y a dejaros interpelar por tantas sugerencias. A este respecto hago mías las palabras de San Pablo a sus comunidades: mirad y abríos a todo y quedaos con lo bueno (1 Ts. 5,19).

Pbro. Javier Ortega Martín.
 
Pro-Vicario General de la Diócesis de Alcalá de Henares
 
Diciembre de 2011

2. Razones por las que me confieso ante el mundo.

Antes nada quisiera decir que desde un principio mi último deseo es tener que ser conocido por los demás, pues quisiera pasar desapercibido como la mayoría, sin embargo, soy plenamente consciente que pongo al descubierto por completo mi vida porque el Señor nos ha llamado a ser luz encima del candelero (Mt. 5,15; Mc. 4,21-23; Lc. 8,16-18).

Este testimonio está enfocado principalmente en un relato que describe cómo el Señor se vale de lo torpe e inútil y lo que no vale nada, para dar a conocer que el misterio de la ciencia de la Santa Cruz no se trata de un mero descubrimiento humano, sino que es una revelación que viene de parte de Dios. En este relato se pueden descubrir los estragos destructivos que trae la impureza en la vida de las personas.                                                     .                                                                                                         

Resumen de las razones:

1)   Para dar gloria a Dios.

2)   Para el beneficio de los hombres, especialmente por las nuevas generaciones.

3)   Para promover y animar a todos a la práctica de la confesión sacramental.

4)   Porque Dios se humilló haciéndose hombre.

5)   Porque en mis circunstancias y gracias al discernimiento de mi dirección espiritual he sido plenamente consciente de que el Señor me lo pedía.

6)   Para que las personas puedan ver con claridad la grandeza del Señor en mi pobreza, torpeza y debilidad.

7) Para seguir el ejemplo de san Pablo cuando dice que «me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos» (1 Co. 9,22).

8) Porque los dones que recibimos de Dios exigen una responsabilidad por parte de aquellos que los recibimos. Este deber como cristianos lo podemos comprender mejor en la parábola de los diez talentos (Mt. 25,14-30).

9) Porque me siento interpelado por uno de los adagios más conocidos de san Agustín de Hipona: «Excúsate y Yo te acusaré; Acúsate y Yo te excusaré».

10)  Por agradecimiento de todas las gracias inmerecidas que el Señor me ha concedido a lo largo de mi vida.

«Por tanto, confesaos vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho» (St. 5,16).

Ten en cuenta las circunstancias y guárdate del mal, | pero no te avergüences de ti mismo. Porque hay una vergüenza que conduce al pecado, | y hay una vergüenza que es honor y gracia. No tengas miramientos en perjuicio propio, | ni sientas vergüenza por tu caída. No dejes de hablar cuando sea necesario, | ni escondas tu sabiduría por la belleza. La sabiduría se revela en la palabra, | y la educación en la forma de hablar. No contradigas a la verdad | y avergüénzate de tu ignorancia. No te avergüences de confesar tus pecados, | ni te opongas a la corriente del río. No te sometas al insensato, | ni tengas miramientos con el poderoso. Hasta la muerte lucha por la verdad, | y el Señor combatirá por ti. (Eclo. 4, 20-28)

No tengáis nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denunciadlas, porque da vergüenza aun mencionar lo que los desobedientes hacen en secreto. Pero todo lo que la luz pone al descubierto se hace visible,  porque la luz es lo que hace que todo sea visible. Por eso se dice: «Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo». (Ef. 5,11-14)

3. Testimonio.

Nacido el 3 de diciembre del año 1978 en Madrid, mis padres cambiaron de residencia, mudándose a la localidad de Alcalá de Henares, ciudad de las tres culturas y cuna de Miguel de Cervantes, donde gracias a Dios puedo decir que tuve una infancia feliz con toda mi familia.  A finales de los 80, teniendo unos 9 años, sólo existía en la televisión en España la única oferta de dos canales públicos. Fueron estos años bastante críticos para nuestro país, así como para otros muchos lugares más en todo el mundo, ya que sobre las 11:00 de la noche en TVE, tuvo comienzo la bomba de las películas de dos rombos, es decir, de las películas pornográficas.

Por la naturaleza interior del hombre, que se inclina más a lo que puede ver por medio del sentido de su vista, este mal comenzó a filtrarse en el seno de muchas familias, especialmente para la mayoría de los hombres en aquel momento, tal como ahora podemos constatar con mayor conocimiento. Como en tantas familias llegó a ocurrir, de muchas maneras los hijos más inocentes, fueron atrapados también por las redes de este pecado capital que conocemos como lujuria. Este tipo de perversión moral no solo destrozó en aquellos momentos mi inocencia, sino que como trataré de contar aquí a grandes rasgos, fue la causa de los mayores estragos a lo largo de mi vida. Entre los millones de niños de casi todo el mundo víctimas de este mal, uno más fue también este servidor.

A pesar de haber nacido y crecido mis primeros años en una familia católica practicante, aquella ponzoña que divulgaban cada vez más los medios de comunicación comenzó a hacer tambalear la unidad de mi familia. De aquellos polvos vienen estos lodos, como dice este conocido refrán, y estos lodos hoy sabemos muchos con certeza que fueron el principio de la decadencia de nuestra civilización actual. Los efectos de este pansexualismo a nivel global comenzaron a materializarse en la apostasía generalizada que vivimos recientemente en la Iglesia, por las rupturas matrimoniales, los abortos practicados en masa, la destrucción de las familias, la corrupción de menores, el desmesurado incremento del índice de violencia, etc. En resumen, no cabe duda de que este mal ha desencadenado un grave desorden social que desde hace décadas ha asolado todos los lugares del mundo.

Siendo un niño inocente por aquel entonces, comencé a experimentar una «esquizofrenia» existencial, porque mi padre dejó de practicar por aquel entonces la religión católica. Ahora doy gracias a Dios porque mi madre no dejó de practicar su fe. A mi madre no le gustaba esta perversión moral que tanto denigra la imagen de la mujer, aunque esto no llegó a echar su mala raíz en los entornos familiares sólo por la poca oferta televisiva en aquellos momentos, pues más bien esto vino a ser el pan y circo que los gobiernos y poderes ocultos de este mundo comenzaron a ofrecer a la civilización mundial, especialmente desde la revolución sexual de los años sesenta, no sólo para pervertir hasta los límites nuestra civilización, sino para distraer a las personas de las cosas que verdaderamente importan en la vida. Los intereses de estos poderes en muchos casos de corte masónico, especialmente bajo las ideologías progresistas de aquellos momentos, siempre han sido muchos, pero el principal a lo largo de los tiempos, ha sido la de ocultar sus corruptelas, para poder seguir ejerciendo su actividad. La basura televisiva que comenzaba a entrar en los hogares familiares por la pantalla de colores tuvo mucha relación con mis primeros desordenes sexuales. La primera relación sexual que tuve influenciado por la pornografía fue con otro niño de mi edad. Nunca me han gustado los hombres, y aunque uno no sea creyente, no cuesta demasiado comprender que esta filmografía ha hecho un daño enorme para la mayoría de las mentes, provocando toda clase de vicios y entre tantos sin duda ha contribuido mucho al trastoque de sexos. Para mayor vergüenza y desviación personal, también llegué a practicar zoofilia, aunque gracias a Dios debo de confesar que esto fue durante un breve lapso, pues pude salvarme de esta desviación vergonzosa por la atracción personal que tenía hacía las mujeres. Ya desde la infancia la impureza comenzó a ofuscar mi razonamiento, quedando mi corazón insensato envuelto en tinieblas. Desde aquel momento se puede decir que comencé a experimentar en mi vida lo que denuncia san Pablo en su Carta a los Romanos, ya que me dejé llevar por las apetencias de mi corazón a una impureza tal que degradó mi propio cuerpo, entregándome a pasiones vergonzosas. Esto lo digo porque él también nos dice que: «sus mujeres cambiaron sus relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza, de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío» (Rm. 1, 26-27).

Mi relación con Cristo en aquellos primeros años de mi vida, a pesar de esta «esquizofrenia» espiritual era cercana, pero a medida que me aproximaba a la adolescencia, no solo comencé a rebelarme contra Dios, sino también contra todo lo que me rodeaba en general. El hecho de apartarse de Dios también implica separarse de todo e incluso de uno mismo, con la consecuencia de perder la luz necesaria para poder conocer nuestro interior. Todo esto me condujo a una vida desordenada y materialista en la medida que avanzaba en edad, por lo que iba cada vez perdiendo más el control. El hecho de haber sido consumidor habitual de pornografía hizo que tuviese tratos muy superficiales, especialmente con las mujeres, a ser muy promiscuo y ser muy liberal y libertino en muchos aspectos. Esta conducta hizo que se filtrase en casi todos los aspectos de mi vida, es decir, en mi forma de pensar, opinar y discernir. Por aquel entonces, creía que las relaciones sexuales se reducían a aprovecharme lo que podía, teniendo relaciones esporádicas con todas las mujeres que me atraían. Mi relación más formal en aquel momento de mi vida no llegó a durar más de seis meses.

A los 15-16 años comencé a fumar tabaco y a los diecisiete, también por la influencia de muchas de mis amistades que ahora tengo seguridad que experimentaban estas mismas circunstancias que vivía personalmente por aquel entonces, comencé a consumir hachís y marihuana. Con esto quiero dejar constancia de que ciertamente una adicción, como fue en primer lugar consumir pornografía, fácilmente conduce a otra cadena de adicciones, cayendo de esta manera en una espiral de vicio, en la que se busca cada vez sensaciones más fuertes e intensas. Con la mayoría de edad, un hermano mío me consiguió un trabajo en un bar de copas conocido en el centro de Alcalá de Henares.  A pesar de que era una persona tímida, la barra del bar con la oferta de alcohol gratis, conseguía desinhibirme. Más adelante, con la confianza de mis compañeros, no sólo fumaba hachís en la cocina, sino que terminé influyendo en sus vidas a lo que se refiere a estos vicios. A los 20 años, conseguí otro trabajo en una multinacional gracias al título de estudios que había cursado, comenzando como oficial de tercera, por medio de una agencia de trabajo temporal y, finalmente en plantilla con 25 años, ascendiendo a la categoría de oficial de primera de mantenimiento industrial. Desde los 20 hasta los 25 años llegue a tener dos trabajos, lo que me permitió asentar un poco la cabeza invirtiendo en una casa de campo que disfrutaron desde un principio mis padres.

En el lapso de los 18-25 años, estuve absorbido por la noche, con sus fiestas, sexo, drogas, música electrónica e incluso orgias, aunque no llegaba a participar en éstas activamente. Durante el último año y medio, antes de tener un accidente laboral que terminó causándome varias hernias discales, otras influencias que pensaba en aquellos momentos que eran relaciones de amistad, me hicieron caer en la adicción a la cocaína, aunque en cuanto a esta adicción el periodo resultó ser también corto gracias a Dios. El dolor por esta enfermedad profesional hizo que tuviera que dejar los dos trabajos para agarrarme a una muleta con fuertes dolores durante un largo periodo de tiempo. Tuve que ser intervenido por la mutua de trabajo, la cual me dejó peor de lo que estaba. Esto hizo que tuviese que encararme con la empresa en la que trabajaba y la mutua de accidentes en los tribunales de justicia, ya que me despidieron de una forma improcedente. El abogado que trabajó en mi caso en aquel momento me aconsejó que reclamase al servicio de salud para poder demostrar que mi situación me estaba afectando psíquicamente. Esta fue la manera como llegué a tener el primer contacto con los servicios de salud mental.

Todo lo que había experimentado hasta este momento hizo que mirase a mí infancia, cuando tenía una relación cercana con Cristo. El misterio del dolor, como a muchas personas les ha sucedido a lo largo de los tiempos, permitió que pudiese alzar mi mirada hacia el cielo. Es lo que conocemos como una etapa de crisis, un momento de oportunidad que debía de aprovechar para cambiar de vida o de lo contrario, dejarme llevar por la corriente, hasta conducirme a mi propia autodestrucción. Este momento fue cuando mi capacidad emocional, intelectual y espiritual se vio sacudida. Muchos sabemos que el misterio del sufrimiento tanto puede ayudar a acercarnos a Dios o, por lo contrario, hacer que nos rebelemos contra Él, y este acto de rebeldía, por lo general, tiende a redundar de forma negativa en todos los aspectos de nuestra vida. El hecho de hacer una retrospección de mi vida en aquella circunstancia, aunque de una forma poco madura en todos los sentidos, hizo que se despertara en mí una sensibilidad, quizá por mi propia naturaleza o por las experiencias vividas hasta aquel momento de mi vida. Esta sensibilidad a la que me refiero tuvo una relación directa con la verdad, la justicia y el derecho. En pocas palabras puedo decir que la falsedad y la descomposición social que presenciaba en el mundo ya comenzó a ocasionarme verdaderas náuseas y por esta razón comencé también a tener muchos problemas y continuos conflictos.

Una noche de diciembre del año 2004, tuve una experiencia poco común que provocó en adelante una reacción en cadena de sucesos difíciles de explicar. Esta experiencia ocurrió una noche cuando me fui a dormir. Al acostarme sobre la cama, en un breve lapso se me pasó por la mente una multitud de pecados cometidos en mi vida pasada. Esto ocurrió como si se tratase de una película en un breve periodo de tiempo, unas imágenes en la mente en las que pude contemplar muchas de las ofensas que había hecho a Dios. El resultado que tuvo aquella experiencia fue entre un trauma y una especie de liberación que llegó a emocionarme. Esta experiencia hizo que rompiera a llorar en aquel momento, lo cual también ocasionó que mis padres no sólo se asustasen, sino que además llegasen a escandalizarse de mi persona en esta circunstancia, ya que de repente afloró en mí un párvulo sentimiento cristiano que remitía a mí infancia. Este sentimiento y emoción propició que comenzase a balbucear aspectos que tenían relación con la dimensión espiritual. Como resultado de todo esto, hizo que les produjese una gran impresión y miedo a mis padres, hermano y a un amigo de la infancia que vinieron a casa en aquel momento. Como llegaron a pensar que perdí por completo el juicio, tomaron la fatídica decisión de ingresarme en la Unidad Psiquiátrica de Agudos del Hospital Príncipe de Asturias. Esta mala decisión marcó desde entonces el rumbo de toda mi vida. Aunque el diagnóstico fue indeterminado, me dieron de alta a las tres semanas. Con esta experiencia psiquiátrica, se puede entender que mi vida se vio marcada en adelante en el punto de mira de estos servicios asistenciales que dependen de estos funcionarios que trabajan para el Estado, para poder reingresar en lo sucesivo por cualquier circunstancia adversa o difícil de interpretar en mi vida. La experiencia de cualquier superviviente de los ingresos psiquiátricos, con todo lo que ello conlleva, produce en la vida de la mayoría de las personas un profundo impacto traumático que nos marca en muchos aspectos. Al salir del psiquiátrico en el año 2004, gracias a Dios tuve la oportunidad de dar el primer paso en mi conversión, volviendo a practicar la religión católica que abandoné cuando era niño, retornando de nuevo a la Iglesia para poder recibir los Santos Sacramentos.

En el año 2006, tuve la oportunidad de visitar con dos amigos el Monasterio del Escorial. Aquella visita quise hacerla descalzándome los pies y esta experiencia me pareció muy impactante. El hecho de poder contemplar tanta belleza en un relativo pequeño espacio hizo que mi espíritu y mi mente se elevaran. Comprando un plano del lugar, se despertó en mí un espíritu aventurero. Esto lo digo porque tuve la iniciativa de querer hacer un viaje a Roma para poder llegar a tener una posible audiencia con el Papa Benedicto XVI. Por querer llevar a cabo esta aventura, tanto mi familia como parte de mis amigos pensaron que había perdido de nuevo el juicio. Como ya estaba marcado y puesto en el punto de mira de estos servicios que dependen del Estado, la posibilidad para poder obrar con plena libertad estaba prácticamente coartada, sin haber tenido plena consciencia de esta realidad en aquellos momentos. En esta ocasión me volvieron a ingresar y me dieron de alta tras otras tres semanas, ingresado de nuevo en el mismo lugar con otro fuerte coctel de drogas psiquiátricas.

En las navidades del año 2007-2008, comencé desde aquel momento hacer una reverencia antes de comulgar en la Santa Misa. Relaciono este pequeño gesto de humildad con otra experiencia que llegué a tener unos días más tarde, que vino a suponer en mi vida otro punto de inflexión. Esta experiencia a la que me refiero tuvo lugar en Almonte (Huelva), cuando en aquellos días festivos me dispuse hacer una serie de operaciones aritméticas en forma de cruz con una calculadora digital. En aquel momento me sorprendieron los resultados de estas operaciones, aunque nunca supuse que emprendería en adelante una investigación más a fondo para poder llegar a demostrar que la Santa Cruz es también un modelo matemático universal. Pasados unos días, concretamente el 15 de enero de 2008, después de haber terminado unas clases de un ciclo superior que estaba cursando, regresé a casa y encontré a mi padre leyendo solo el periódico. Al pasar por la puerta de la cocina me quedé casi perplejo mirando el torrente de luz que entraba por la cristalera. Me detuve un rato a mirar el Sol a través de los cristales translucidos. De inmediato me fui a mi cuarto, levanté la persiana y en torno a las 14:00 de la tarde me quedé fijo mirando al Sol contando unos segundos. En el fondo no sabía lo que hacía, pero después de quitar la vista y dirigir la mirada a una esquina oscura de la habitación, pude apreciar que esta experiencia apenas me había encandilado. Tal como si llegase a ser un autómata dirigí la vista de nuevo al Sol para quedarme desde este momento completamente espiritualizado. Desde aquel día, perdí definitivamente el juicio para el mundo, para poder configurarme más con Dios. Desde aquel momento he tenido la ocasión de compartir con multitud de personas esta experiencia sobrenatural, aunque sólo han sido los más pequeños y los espíritus libres quienes han sabido acoger mejor en su corazón este misterio. Esta experiencia sobrenatural ha tenido la fuerza suficiente hasta este momento como para conseguir convencerme de que el misterio de la ciencia de la Santa Cruz, no se trataba de un mero descubrimiento humano, sino de una revelación que tuve por parte de Dios. Puedo decir «hasta este momento» porque los dones y la vocación a la que nos llama Dios son irrevocables (Rm. 11,29), por lo que esta misma experiencia con el tiempo ha conseguido que me salga aún más de mí mismo (Mc. 3,21). Con respecto a esta experiencia de carácter sobrenatural, estoy plenamente convencido que también se trata de un don para todas aquellas personas que se encuentran en estado de gracia, pues desde este momento sería importante que se pueda considerar lo que nos dice la sagrada Escritura: «de día el sol no te hará daño» (Sal. 121, 6).

Después de haberle contado a mi padre en aquel momento lo que me estaba sucediendo, tomaron de nuevo la decisión de ingresarme en el psiquiátrico. Haciendo una mirada retrospectiva, puedo llegar a reconocer que tuve una serie de graves imprudencias, como fue en este caso particular el hecho de contar a mi padre que podía contemplar la luz del Sol sin llegar a quedarme ciego, en vez de llevarlo primero a la confesión. Tengo que reconocer también que cuando tuve esta primera experiencia de poder mirar el Sol sin llegar a producirme daños oculares, hizo que se elevara de nuevo con gran vehemencia mi espíritu y mente, lo cual esto vino a suponer de cara al futuro y para el resto de mi vida una metanoia. Desde un principio supe que por causa de este cambio radical de los esquemas de mi mente iba a padecer incomprensión y por ello una feroz persecución psicológica por causa de la religión, siempre he tenido claro de que tenía que manifestar la verdad por todos los medios y asumiendo todas las posibles consecuencias. Para muchas personas de fe o incluso otras de buena voluntad que no crean lo que digo con respecto a este fenómeno sobrenatural que comencé a experimentar desde aquel momento, deben de saber que el hecho de poder acercarme al misterio de la ciencia de la Santa Cruz y haber tenido estas experiencias, me han hecho caminar por un camino de cruz y de muchas espinas. Por lo cual, invito a cualquier lector que pueda preguntarse, ¿qué podría ganar este servidor, si lo que he contado hasta el momento en este testimonio fuese una farsa, cuando en verdad todo esto me ha hecho llegar a padecer los mayores sufrimientos de mi vida?  

Fue precisamente después de este ingreso del año 2008, cuando me dieron de alta en el psiquiátrico diagnosticándome un «trastorno afectivo bipolar». Desde aquel momento me puse en manos de un sacerdote de la diócesis de Alcalá de Henares, para poder encontrar apoyo espiritual dentro de la Iglesia. Fue desde entonces cuando comencé a frecuentar de forma diaria la Santa Misa y a tomarme más en serio otras prácticas piadosas. Después de este ingreso, me concedieron una ayuda económica, pero con una etiqueta social por la cual me incapacitaron durante toda mi vida sin la posibilidad de realizarme en ninguna otra profesión. A partir de este momento y desde mi ignorancia, también comencé a discernir si Dios me llamaba al sacerdocio; abrazar la vida religiosa o ser un misionero laico. Ante esta circunstancia, precisamente por esta etiqueta de «enfermo mental», se convirtió desgraciadamente en la causa por la cual no se pudo llegar a madurar ninguna de estas vocaciones ya que la Iglesia Católica rechazó mi candidatura en dos seminarios.  

Por causa de la descomposición social de nuestro tiempo, he tratado de despertar conciencias allá donde he podido tener la ocasión, aunque de forma especial dentro del seno de la Iglesia, ya que muchos hermanos en la fe han dejado de ser sal, luz y fermento para el mundo. Esto ha propiciado que en un lapso comprendido entre el año 2014 y 2016 me hayan ingresado seis ocasiones más. Teniendo en cuenta que en todos los corazones de los hombres nacen el trigo y la cizaña, soy consciente que en mi torpe experiencia como cristiano que sigue en su proceso de conversión, debo de hacer mías las palabras de san Pablo cuando dice que: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí» (Rm. 7,19-20). Con esto quiero confesar también que en el ejercicio del anuncio de la Palabra y la denuncia de las injusticias, en algunas ocasiones concretas no he sabido obrar con la caridad de un cristiano plenamente ejemplar, aunque esto no significa que haya tenido una descompensación o desequilibrio químico en mi cerebro, sino que la causa principal del mal que he podido ocasionar, siempre se ha debido al amor desordenado a mí mismo, siendo precisamente este desorden la raíz por la cual salen a la luz todos nuestros pecados. Ahora que tengo aquí la oportunidad de hacerlo, no quisiera soslayar mi reconocimiento de que en algunas ocasiones he tenido que obrar de una manera que según el criterio de los hombres de este mundo resulta difícil de comprender, aunque quisiera decir también que en la locura todo vale, menos el pecado.

En el Evangelio, Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos y roguemos por los que nos calumnian y persiguen (Mt. 5,44). También nos dice en este mismo Evangelio que, cuando nos persigan en una ciudad, huyamos a otra (Mt. 10,23). La presión provocada por este seguimiento de mis pasos hizo que tomase la decisión de trasladarme en el año 2016 al pueblo de mi madre en Almonte. A pesar de padecer y seguir padeciendo esta persecución psicológica como una realidad que para muchas personas pasa desapercibida, su lado bueno es que puedo dar gracias a Dios, ya que esto es lo que ha mantenido despierta mi fe y me ha ayudado a agarrarme con más fuerza a Él, «pues para los que aman a Dios, todo les sirve para bien» (Rm. 8, 28).

Quisiera dejar claro que para mí el milagro más grande de mi vida no ha sido poder contemplar la luz del Sol sin padecer daños oculares, sino que desde aquel preciso momento en el que tuve esta gracia inmerecida, comencé a ser una persona libre, ya que por medio de los Sacramentos que la Iglesia administra, he podido conservarme en perfecta continencia. Una de las profecías de san Nilo en el siglo V sobre los últimos tiempos, anuncia que las pasiones carnales nublarían la mente de los hombres. Esta profecía sin duda apunta de una forma especial a nuestro tiempo presente, pues ahora resulta que, cuando se habla con franqueza por el bien ajeno denunciando los pecados de la promiscuidad, la sexualidad sin frenos y toda esta clase de vicios relacionados con la impureza, padecemos la censura de diversas formas y el martirio de la coherencia, muchas veces con la imposición de tener que pagar multas cuantiosas o penas de cárcel por esta u otra causa noble parecida. Esto es sin duda un signo claro de que vivimos en una sociedad decadente como nunca se ha dado en toda la historia. Hoy en día no es raro que se presuma de estas perversiones, desviaciones y descarriamientos, «porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que solo piensan en lo terrenal» (Flp. 3,18-20). Si no hubiese hablado con claridad tal como procede dando mal ejemplo una buena parte de la jerarquía eclesiástica entre muchos fieles laicos que imitan su conducta emulando a los perros mudos, no sólo estaría faltando a la caridad, sino que además sería un mentiroso, un cobarde y un traidor. Creo que se podría comprender mejor mi conducta durante estos momentos críticos que he tenido en mi vida si tenemos en cuenta una de las muchas exhortaciones de santa Catalina de Siena, cuando nos dice: «Basta de silencios, ¡Gritad con cien mil lenguas! Que, por haber callado, el mundo está podrido».

Este breve testimonio recogido aquí, resume a grandes rasgos lo más importante de la vida de un espíritu libre que busca desinteresadamente la libertad para otras personas. Cada cual debería de saber ahora mejor de qué lado está, pues con esta intención de denuncia me desmarco de las obras infructuosas de la oscuridad, «No tengáis nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denunciadlas, porque da vergüenza aun mencionar lo que los desobedientes hacen en secreto. Pero todo lo que la luz pone al descubierto se hace visible,  porque la luz es lo que hace que todo sea visible. Por eso se dice: «Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo». (Ef. 5,11-14).Además de las razones expuestas antes de comenzar este testimonio, también he tratado de poner mi granito de arena para que se pueda volver a construir una sociedad que de nuevo valore las virtudes de la pureza y la castidad, pues si seguimos callando por miedo o vergüenza, deberíamos de saber que estaremos contribuyendo aún más con el crecimiento de la corrupción en este mundo. De igual manera lo he compartido con la intención de querer denunciar la persecución abierta e incluso silenciosa que sufrimos millones de cristianos por amor a la Verdad que es Cristo, así como para otras muchas personas de buena voluntad. Todos los hombres estamos llamados a una misión en nuestra vida y entre estos motivos que acabo de enumerar, después de haber conocido a lo largo de todos estos años a personas a las que no se les reconocen ni se respetan sus derechos, seguiré tratando de defender con todas mis fuerzas y con la ayuda de Dios el mal trato que se da a las personas que somos etiquetadas socialmente con una «enfermedad mental», según el criterio interesado de las élites médicas y la industria farmacéutica corrupta, para poder conseguir al menos que se nos reconozcan los mismos derechos conseguidos por el colectivo de personas con tendencia homosexual, los cuales han estado también diagnosticados desde los comienzos de la psiquiatría moderna como enfermos mentales. Me sentí llamado también con fuerza a esta misión después de mis primeros ingresos y tras haber conocido en la sagrada Escritura el ayuno con el cual podemos agradar más a Dios, que en definitiva son deseos divinos por los cuales estamos llamados a cambiar este mundo para: «romper las cadenas injustas, soltar las coyundas del yugo, dejar libres a los maltratados, y arrancar todo yugo» (Is. 58,6).

Es importante resaltar que en ningún momento se ha hecho aquí un juicio contra las personas que ejercen como psicólogos o psiquiatras, aunque era necesario que pusiéramos en cuestión su sistema que en parte comprendemos que para un gran número de usuarios son imprescindibles sus servicios, aunque como cristianos creemos que estamos llamados ofrecer también de una forma especial una orientación para que se puedan aplicar soluciones reales y efectivas a los problemas de salud mental especialmente desde la aceptación de nuestros problemas y en el abandono en Dios. En este sentido habría que decir que, es posible que ciertas afirmaciones que se han vertido interpelen con fuerza a las conciencias, siendo esta parte de nuestra misión, como católicos estamos llamados a ser tolerantes con el pecador, pero nunca con el pecado, pues con nuestras oraciones por estas personas que podamos construir todos juntos un mundo mejor.

 Quisiera concluir este testimonio manifestando que con independencia de haber estado dedicado al servicio de voluntariado en residencias de ancianos durante estos últimos quince años y de colaborar en lo que se me ha pedido en las necesidades de la Iglesia, puedo afirmar que nunca he buscado voluntariamente la soledad, aunque me la he creado yo mismo en la medida que he ido perdiendo el temor a ser un signo de contradicción para el mundo y, en parte también para la Iglesia contemporánea, cuando he anunciado la Palabra y al mismo tiempo he denunciado con parresia ciertas injusticias que me han afectado personalmente así como a otras personas que han sufrido o siguen sufriendo la misma experiencia que yo. Esta es una prueba más que deben de tratar de superar aquellos que luchan contra su propia tibieza y que tampoco entran en diálogo con el pecado que por desgracia son pocos (Mt. 22,14), siendo éstos los mismos que se esfuerzan por entrar por la puerta estrecha (Mt. 7,13) para encontrarse al final del camino con la compañía que tanto anhela nuestra alma. Puede sorprender que un cristiano afirme que sin haberlo querido se encuentre solo en su desierto, aunque deberíamos de aceptar que cada persona es llamada por Dios por caminos diferentes, pero siempre teniendo un fin común, que en definitiva es resplandecer en medio de las tinieblas (Lc. 11,33), «reconstruir las antiguas ruinas, cimientos hace tiempo abandonados, reparar las brechas y repoblar lugares arrasados» (Is. 58,12). Como todo principio siempre es costoso el cambio, aunque ya no lamento nada, porque por medio de este desierto, puedo escuchar mejor la voz de Dios «por eso voy a seducirla, voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón» (Os. 2,16).

Soy plenamente consciente que muchas de las reflexiones que hago abiertamente en este escrito y también en mi vida personal son políticamente incorrectas, y por esta razón se me han cerrado y se me seguirán cerrando muchas puertas, aunque confío que Dios hará crecer la semilla que ha puesto en mí de la manera que mejor le parezca y no según mis propios planes. Desde hace veinte años con sinceridad he tratado de asemejarme a Cristo, que, por ser el modelo de signo de contradicción por excelencia y por expresar con libertatad verdades impopulares, al mismo tiempo es también el primer modelo incorreción política para su tiempo, así como los postreros siglos de la historia vividos hasta el momento presente. Si Dios se ha valido inmerecidamente de mi persona para poder servidor de este mensaje, soy consciente de que éste posiblemente puede ser mejor acogido por el mundo que por la propia Iglesia a la que pertenezco, aunque esto no me inquieta ni me añade preocupación, ya que Cristo siendo la misma Verdad, también se quedó solo en su Cruz, abandonado por la mayoría de sus amigos, seres queridos y por los fieles que profesaron su religión durante su paso por esta vida. Él vino también a enseñarnos que «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn. 12,23-24). Precisamente entonces, en la prueba y en la soledad, mientras muere la semilla, es el momento en que brota la vida, para poder dar fruto maduro en su momento.

¡

¡Oh bendita entre todas las mujeres, que vences en pureza a los ángeles, que superas a los santos en piedad! Mi espíritu moribundo aspira a una mirada de tu gran benignidad, pero se avergüenza al espectro de tan hermoso brillo. ¡Oh Señora mía!, yo quisiera suplicarte que, por una mirada de tu misericordia, curases las llagas y úlceras de mis pecados; pero estoy confuso ante ti a causa de su infección y suciedad. Tengo vergüenza, ¡oh Señora mía!, de mostrarme a ti en mis impurezas tan horribles, por temor de que tú a tu vez tengas horror de mí a causa de ellas, y sin embargo, yo no puedo, desgraciado de mí, ser visto sin ellas.

Oración a la Stma. Virgen de san Anselmo de Canterbury

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Diario de un loco por Cristo en Almonte

En este diario queda reflejado parte de la trayectoria de un loco por Jesucristo en el municipio de Almonte (Huelva). El autor trata de adaptar en lo posible su vida al Evangelio que cada día proclama la Iglesia. De ahí la idea de “La praxis de la lectio divina” con sus correspondientes meditaciones, comentarios y oraciones. Esta praxis en esencia consiste en encarnar en nosotros lo que recibimos diariamente por manos de los ministros ordenados que consagran las especies eucarísticas que por la acción del Espíritu se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. La locura por Cristo consiste, por tanto, en dejarnos transformar por Aquel que recibimos, para ser otro Jesús. Esto se experimenta cuando dejamos de ser nosotros quienes vivimos, y en todo caso es Cristo quien toma nuestra voluntad, para que Él pueda comenzar de esta manera a vivir en nosotros (Ga. 2,20).

Estas lecturas pueden resultar ser una fuente de fuerza o un revulsivo para aquellos cristianos aburridos por sus esquemas mediocres, y acomplejados por los miedos al mundo, aunque con un vivo deseo de seguir manteniéndose firmes en el combate espiritual.